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Evolut

18 de octubre de 2026

Estilo de vida 5 min

El dolor musculoesquelético se dispara en la menopausia y no siempre se reconoce

Una ginecóloga de la AEEM advierte de que los dolores musculares y articulares aumentan durante la perimenopausia y la menopausia, aunque muchas mujeres no los relacionan con los cambios hormonales. Un metaanálisis con más de 93.000 mujeres constata que el dolor afecta al 57% en la perimenopausia y al 59% tras la menopausia.

El dolor muscular y articular se ha convertido en un síntoma central de la menopausia que muchas mujeres no identifican como tal. Así lo explica la doctora Victoria Valdés, especialista en Ginecología y Obstetricia de Olympia Quirónsalud y miembro de la Asociación Española para el Estudio de la Menopausia (AEEM), quien subraya que los síntomas musculoesqueléticos aparecen con frecuencia durante la transición hormonal y pueden afectar de forma notable a la vida diaria.

«Muchas mujeres conocen los sofocos como síntoma de menopausia, pero se sorprenden cuando les explicamos que determinados dolores musculares o articulares también pueden aparecer coincidiendo con la transición menopáusica. A veces llegan diciendo: “desde hace un tiempo me duele todo”, pero no habían relacionado ese cambio con esta etapa hormonal», señala Valdés. La especialista incide en que estos dolores no siempre se asocian a la menopausia porque la sintomatología se atribuye a la edad o al desgaste físico.

Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026 analizó 37 estudios observacionales realizados en 22 países, con un total de 93.021 mujeres. Los investigadores encontraron dolor muscular o articular en aproximadamente el 40% de las mujeres premenopáusicas, porcentaje que aumentaba hasta el 57% durante la perimenopausia y el 59% después de la menopausia. Estos datos confirman que el dolor musculoesquelético es más frecuente en esta etapa, aunque no cualquier molestia que aparezca alrededor de los 50 años deba atribuirse automáticamente a la menopausia.

La doctora Valdés advierte de que la menopausia no debe convertirse en «el cajón de sastre al que atribuyamos cualquier síntoma que aparece a partir de cierta edad». Factores como el sobrepeso, el sedentarismo, las lesiones previas o las enfermedades reumatológicas también influyen en la aparición del dolor. Por eso, insiste en que un dolor nuevo, intenso o persistente debe valorarse médicamente y no ignorarse.

Durante la perimenopausia, la función ovárica se vuelve irregular y los niveles hormonales fluctúan antes de descender. Esto explica que los síntomas puedan aparecer meses o incluso años antes de la última menstruación. Los estrógenos ejercen efectos en numerosos tejidos y sistemas del organismo, y la investigación científica estudia desde hace años la relación entre los cambios hormonales y una mayor predisposición al dolor musculoesquelético, aunque todavía quedan cuestiones por esclarecer sobre sus mecanismos y su tratamiento.

El dolor no suele presentarse de forma aislada. Muchas mujeres empiezan a dormir peor, sufren sofocos nocturnos, se levantan cansadas y reducen su actividad física, lo que a su vez puede aumentar la rigidez o la percepción del dolor. «El sueño es fundamental. Cuando dormimos mal de forma mantenida, aumenta el cansancio, disminuye nuestra capacidad para realizar ejercicio y también podemos percibir el dolor con mayor intensidad. Por eso es importante valorar a la mujer globalmente y no tratar cada síntoma como si fuera independiente de los demás», apunta la ginecóloga.

Para Valdés, el mensaje principal es evitar dos extremos: medicalizar automáticamente cualquier cambio relacionado con la menopausia y, al mismo tiempo, normalizar síntomas que limitan la vida diaria. «Que la menopausia sea un proceso natural no significa que tengamos que asumir como inevitable todo lo que ocurre durante esos años. Si una mujer deja de hacer deporte, duerme mal o modifica su actividad cotidiana porque tiene dolor, merece una valoración y debemos estudiar qué está ocurriendo», afirma.

La especialista recuerda que durante esta etapa también se producen cambios en la masa ósea, la composición corporal y el riesgo cardiovascular. La Organización Mundial de la Salud señala que la pérdida de densidad ósea asociada a la menopausia contribuye al aumento de la osteoporosis y las fracturas, mientras que el riesgo cardiovascular también se modifica tras el descenso de los estrógenos. Por ello, la actividad física adquiere una importancia especial.

«A partir de la perimenopausia no debemos pensar en el ejercicio únicamente como una forma de controlar el peso. Necesitamos preservar músculo, mantener la salud ósea y cardiovascular y conservar nuestra capacidad funcional para los próximos años. El ejercicio aeróbico es importante, pero también lo es incorporar trabajo de fuerza», concluye Valdés. La especialista defiende combinar actividad aeróbica y de fuerza con una dieta mediterránea, evitar el tabaco y reducir el consumo de alcohol para afrontar esta etapa con mejores herramientas.

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Marcos Esteban

Autor

Cronista deportivo

Marcos Esteban cubre para Evolut actualidad, política, economía, sociedad y cultura. Su trabajo se centra en la verificación, el contexto y explicaciones claras para los lectores.

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