La psicología desmonta el mito: quienes dejan todo para el último momento no son vagos, su cerebro rinde mejor bajo presión
La psicóloga Leticia Martín Enjuto explica que la procrastinación no siempre responde a la pereza, sino a un cerebro que necesita la urgencia de la fecha límite para activarse. Sin embargo, advierte de que vivir permanentemente al borde del plazo puede tener un alto coste en ansiedad, sueño y agotamiento.
Por Iván Serrano
La creencia popular asocia dejar las tareas para el último momento con la pereza o la despreocupación. Sin embargo, la psicología ha analizado este patrón de comportamiento y ha concluido que la explicación es más compleja: en algunos casos, el cerebro de estas personas rinde mejor cuando se encuentra bajo la presión del tiempo. Así lo sostiene la psicóloga Leticia Martín Enjuto, directora de un centro de psicología y colaboradora habitual de la revista Cuerpomente, quien insiste en la necesidad de eliminar prejuicios sobre quienes funcionan de este modo.
Según la especialista, cuando falta mucho para la entrega de un trabajo, la tarea no genera la sensación de urgencia que el cerebro necesita para colocarla entre sus prioridades. Cualquier imprevisto o distracción parece más acuciante que el encargo pendiente, y es fácil confiarse pensando que ya habrá tiempo. La psicóloga recuerda que el cerebro requiere cierto grado de estrés para funcionar, aunque hoy esa palabra tenga mala reputación. Cuando la fecha límite se aproxima, la tarea adquiere una importancia inmediata y aumenta la activación necesaria para actuar. En algunas personas, esa presión actúa como un motor: se distraen menos, toman decisiones con más rapidez y mantienen la atención durante más tiempo.
No obstante, Martín Enjuto advierte de que aprovechar el empujón de una fecha límite de forma ocasional no es lo mismo que vivir permanentemente al borde del plazo. En su consulta observa con frecuencia cómo se confunden ambas situaciones. La alarma salta cuando esa forma de organizarse se traduce en ansiedad constante, dificultades para conciliar el sueño, agotamiento y la sensación de ir siempre detrás de las obligaciones sin alcanzarlas. Si el resultado es ese, el patrón deja de ser inofensivo por muy buenos que sean los resultados finales. En cambio, si la persona se organiza, se concentra y termina el trabajo sin pagar un precio importante en su bienestar, lo más probable es que se trate simplemente de su manera de funcionar.
La presión no basta para explicar por qué tanta gente retrasa lo que tiene que hacer. En consulta aparecen motivos muy diferentes: miedo a equivocarse, perfeccionismo o dificultad para afrontar una tarea que se percibe como demasiado exigente. A veces la causa es más sencilla, como el aburrimiento o la falta de interés, y también hay quien necesita un tiempo para pensar antes de lanzarse a actuar. Por eso la psicóloga considera importante no colgar con tanta rapidez la etiqueta de vago a quien deja las cosas para el final. En su lugar, pide fijarse en lo que ocurre cuando llega la presión y preguntarse si la persona se vuelve realmente más productiva o si hay algo más bajo la superficie. Y, si vive con prisas y una sensación de descontrol permanente, averiguar qué le está impidiendo empezar a tiempo.
Para quienes están cansados de vivir contra el reloj, Martín Enjuto destaca una herramienta que le resulta útil en consulta: poner pequeñas fechas límite antes de la fecha real. En lugar de pensar que se tiene todo el mes para sacar un trabajo adelante, la idea es dividir el objetivo en pasos más pequeños y asignar a cada uno su propio plazo, de modo que el calendario se llene de metas cercanas y fáciles de abordar. Con ese truco se consigue algo de urgencia mucho antes de la entrega y, de paso, uno se ahorra las carreras de última hora, que suelen pasar factura al sueño y al humor.
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