Por qué lloramos cuando estamos enfadados: la infancia y la expresión contenida de la ira
La psicología explica que las lágrimas durante una discusión no siempre indican tristeza ni manipulación, sino que pueden reflejar una acumulación de emociones reprimidas desde la infancia. Un estudio con 210 parejas de madres e hijas vincula las respuestas maternas de apoyo con una mejor regulación de la ira.
Por Inés Benítez
Llorar en plena discusión no es necesariamente una señal de debilidad ni una mezcla confusa de emociones. Según la psicología, las lágrimas que aparecen cuando estamos enfadados suelen ser una expresión de rabia, frustración o impotencia, y en muchos casos conectan con emociones que se contuvieron durante la infancia. Lejos de invalidar el enfado, el llanto puede ser la válvula de escape de una tensión que se ha ido acumulando durante años.
Durante una discusión no sentimos una sola cosa. Podemos estar enfadados por lo ocurrido y, al mismo tiempo, frustrados porque la otra persona no nos escucha, o impotentes por no lograr explicar bien lo que queremos decir. Cuando la intensidad aumenta, aparecen las lágrimas. Eso no significa que el enfado desaparezca ni que lo que reclamamos pierda importancia. Una persona puede tener perfectamente claro por qué está molesta y qué quiere reclamar aunque, mientras lo cuenta, se le quiebre la voz. Por eso los expertos advierten de que no conviene interpretar automáticamente esta reacción como una forma de manipular al otro o de evitar la conversación.
La relación entre el llanto y lo que aprendimos de niños es clave. Los niños no aprenden a gestionar sus emociones solos; buena parte de ese aprendizaje llega observando a los adultos y comprobando cómo reaccionan cuando ellos expresan miedo, tristeza o enfado. Imaginemos a un niño que protesta porque considera que algo es injusto. Sus padres pueden escucharle y enseñarle a explicar su enfado sin gritar ni atacar a nadie. Pero también pueden responder diciéndole que se calle, castigándole por contestar o tratando cualquier muestra de rabia como una falta de respeto. También puede ocurrir algo más sutil: que el niño reciba atención y consuelo cuando llora, pero rechazo cuando expresa abiertamente que está enfadado. Con los años, esas experiencias pueden influir en su manera de afrontar los conflictos.
Esto no quiere decir que cualquier adulto que llora de rabia haya tenido una infancia en la que le prohibían enfadarse. La reacción depende de muchos factores y las lágrimas, por sí mismas, no permiten saber cómo fue la relación de alguien con sus padres. Los psicólogos insisten en que no existe una explicación que sirva para todo el mundo.
La influencia de la familia sobre la forma de gestionar las emociones se ha estudiado también en el ámbito científico. Una investigación publicada en la revista Emotion siguió a 210 parejas de madres e hijas durante la primera adolescencia para analizar, entre otras cuestiones, cómo las respuestas de las madres se relacionaban con la regulación emocional de sus hijas. Los investigadores encontraron que las respuestas maternas de apoyo estaban relacionadas con maneras más adaptativas de gestionar la ira. En cambio, las respuestas menos favorables aparecían asociadas a mayores dificultades para regular tanto el enfado como la tristeza.
Para muchas personas, el problema no son únicamente las lágrimas, sino lo que sucede después. En mitad de una discusión pueden sentirse avergonzadas por estar llorando y perder el hilo de lo que estaban intentando explicar. Mientras tanto, quien tienen delante puede centrarse en el llanto y olvidarse del motivo que inició la conversación. Una forma de entender mejor esta reacción es fijarse en cuándo aparece. Quizá sucede sobre todo cuando nos interrumpen, cuando sentimos que no nos escuchan, al recibir determinadas críticas o cuando intentamos poner un límite. Detectar esas situaciones puede dar pistas sobre qué provoca una respuesta emocional tan intensa.
Si el llanto ocurre con frecuencia hasta el punto de impedir expresar lo que necesitamos, puede ser útil trabajarlo con un psicólogo. No necesariamente para conseguir dejar de llorar, sino para aprender a sostener una conversación difícil incluso cuando aparecen las lágrimas. Debe quedar claro que llorar mientras estamos enfadados no elimina la rabia ni convierte lo que queremos decir en algo menos importante.
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