Una pareja estadounidense vende su casa y se muda a Albania para no esperar a la jubilación
Sam Correll y Spencer Claiborne, de 36 y 28 años, abandonaron sus empleos corporativos y su vivienda en Kansas City para instalarse en Saranda, Albania, en agosto de 2024. Buscaban vivir sin la inercia de la rutina y sin aplazar sus planes hasta la jubilación.
Por Iván Serrano
Sam Correll y Spencer Claiborne tenían lo que muchos consideran una vida lograda: una casa histórica en Kansas City, Misuri, empleos corporativos con salarios de seis cifras y la posibilidad de trabajar a distancia. Durante la pandemia reformaron por completo su vivienda y la llenaron de muebles, arte y objetos familiares. Habían alcanzado buena parte del llamado sueño americano antes de cumplir los 40. Sin embargo, descubrieron que no era la vida que querían.
En agosto de 2024 vendieron la casa, dejaron atrás sus trabajos y buena parte de sus pertenencias, y se instalaron en Saranda, una ciudad costera de Albania situada a unos 30 minutos de Corfú. La decisión no respondió a un problema económico ni a la imposibilidad de comprar una vivienda. Fue casi lo contrario: tenían estabilidad, pero sentían que actuaban por inercia. «Sentíamos que estábamos haciendo las cosas por inercia y no había mucha ilusión por delante», explicó Claiborne en una entrevista publicada por Business Insider.
La rutina se había vuelto predecible. Claiborne describió fines de semana en tiendas de decoración y reformas, seguidos de semanas laborales en un cubículo. Correll no hablaba de odiar su trabajo, sino de haber llegado a un punto en el que todo parecía ya escrito. «Habíamos hecho las cosas y habíamos construido nuestra vida, pero en ese momento no estábamos haciendo nada nuevo», señaló. El motivo de fondo era otro: «No queríamos esperar a jubilarnos, ser ancianos o que alguno de nosotros tuviera algún problema de salud antes de decidir que queríamos viajar por el mundo».
Antes de vender nada, la pareja hizo un viaje de tres meses por Italia, Malta, Portugal, España y Reino Unido. No era una mudanza, sino una exploración. Regresaron a Kansas City y pasaron varios meses más allí hasta tomar la decisión definitiva. Entonces pusieron la casa a la venta y se marcharon a Albania sin un plan cerrado. No buscaban que el país se convirtiera necesariamente en su hogar, sino un lugar donde permanecer durante un tiempo mientras decidían cómo construir su nueva vida.
Saranda ofrecía una ventaja práctica: los estadounidenses pueden permanecer doce meses en Albania sin necesidad de visado. Para otros países que habían considerado, en cambio, necesitaban resolver parte de la burocracia desde Estados Unidos. Querían vender la casa durante el mercado de verano y marcharse. El riesgo profesional tampoco era pequeño. Claiborne dejó su empleo, mientras que Correll pensaba conservar el suyo durante un tiempo. Sabían que trabajar de aquella manera no era una solución permanente. «No nos embarcamos en esto con un plan sólido», reconoció Correll.
Ya en Albania comenzaron a detectar oportunidades. Para quedarse a largo plazo crearon una empresa y utilizaron esa vía para solicitar la residencia. Según su relato, consiguieron un permiso por cinco años en aproximadamente seis meses, y todo el proceso les costó menos de 2.000 dólares entre los dos. Ahora utilizan parte de lo aprendido para ayudar a otros extranjeros a instalarse en Albania y organizan encuentros para expatriados.
La mudanza también implicó desprenderse de un vínculo personal. Correll había crecido en una granja familiar y conservaba objetos que habían pertenecido a sus bisabuelos cien años atrás, además de pertenencias de sus padres y de la casa de Kansas City. «Dejamos atrás nuestras cosas y dejamos atrás nuestra antigua vida», contó. Claiborne reconoció que deshacerse de los objetos fue liberador y, al mismo tiempo, muy difícil. «Eran nuestras pertenencias las que nos frenaban», concluyó.
En Albania descubrieron que su caso no es el más habitual. Según Claiborne, buena parte de quienes se trasladan allí desde otros países son personas mayores que ya han alcanzado la jubilación. Ellos tenían 36 y 28 años cuando se mudaron, y precisamente la edad fue uno de sus argumentos para hacerlo. Claiborne no plantea una mudanza internacional como una decisión que deba mantenerse para siempre, sino como una opción práctica para no aplazar los planes de vida.
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