Rodney Wilkinson, el saboteador que voló la central nuclear de Koeberg y desapareció en bicicleta
En diciembre de 1982, el ingeniero sudafricano Rodney Wilkinson colocó cuatro bombas en la única central nuclear de Sudáfrica, semanas antes de su puesta en marcha, y huyó en bicicleta. Permaneció oculto más de 40 años.
Por Marcos Esteban
En diciembre de 1982, Rodney Wilkinson, un ingeniero sudafricano de 21 años, colocó cuatro bombas en la central nuclear de Koeberg, situada a 30 kilómetros al norte de Ciudad del Cabo. La planta, conocida como la joya de la corona del apartheid, estaba a punto de entrar en funcionamiento. Wilkinson, que trabajaba como contratista en la instalación, quitó las anillas de los explosivos, salió de la sala de control, se despidió de sus colegas con una copa y desapareció en bicicleta. Se convirtió así en el saboteador más buscado de la historia de Sudáfrica.
El hombre que durante más de cuatro décadas logró mantener un perfil bajo vivía hasta hace poco en Knysna, una pequeña localidad costera a seis horas en coche de Ciudad del Cabo. Allí, una mujer llamada Matilda Knill lo acogió en su casa sin saber quién era. Se habían conocido años antes en un pub. Cuando murió la madre de Matilda, Wilkinson empezó a aparecer sin avisar con sopa y tranquilizantes. Cocinaba para ella, para su padre y para su hermano. Nadie se lo pidió y nadie le pidió que se marchara. Durante la mayor parte de esos años, Matilda no tenía ni idea de su pasado. Todo cambió cuando un productor de cine llamó a Wilkinson. Él le pasó el teléfono a Matilda y le dijo: «Busca en Google Koeberg». Su semblante se transformó. Desde entonces lo acogió de forma permanente.
La historia de Wilkinson está marcada por la violencia y la exclusión del régimen del apartheid. A los 21 años era el mejor esgrimista de Sudáfrica: campeón nacional de florete y sable, y subcampeón de espada. Había competido en Europa y Argentina, pero nunca pudo subir al podio olímpico porque su país estaba excluido de los Juegos. Una tarde de agosto de 1971, en el gimnasio de la Universidad de Witwatersrand, en Johannesburgo, se enfrentaba a su entrenador, Vincent Bonfil, un inglés de 25 años que había sido reserva olímpico en México 1968. Practicaban una técnica en la que ambos tiradores se lanzaban al ataque al mismo tiempo. El florete de Wilkinson enganchó el borde de la manga de Bonfil. Se oyó un chasquido seco. La punta rota atravesó el pecho de Bonfil por debajo del brazo derecho. Se le llenó la boca de sangre y en cinco segundos estaba en el suelo. Había estudiantes de medicina en la sala, pero nadie pudo salvarlo. Murió de camino al hospital. Un juez de Johannesburgo dictaminó que fue un accidente. La madre de Bonfil voló desde Inglaterra y le dijo a Wilkinson que ahora lo consideraba su hijo. Después, él pasó un tiempo con la familia de su entrenador en Inglaterra. Preguntado recientemente por cómo le había afectado esa tragedia, Wilkinson respondió: «Mucho». Y luego se quedó callado.
Once años después de aquel incidente, el mismo hombre que había aprendido lo que la física puede hacerle al cuerpo trabajaba en Koeberg. Estaba furioso con el régimen que lo había reclutado a la fuerza, lo había enviado a combatir en una guerra en Angola en la que no creía y había convertido a su país en un paria internacional. Como todos los hombres blancos sudafricanos de su generación, fue reclutado a los 18 años. Se fugó. La Fuerza de Defensa Sudafricana lo trajo de vuelta y, en 1976, lo envió al norte, a Angola, en vehículos sin distintivos. Sudáfrica libraba una guerra que el régimen negaba estar librando. Los soldados morían y sus muertes se publicaban en los medios como si se tratara de accidentes.
En un acto de locura o valentía, Wilkinson decidió sabotear la única central nuclear del país apenas unas semanas antes de que entrara en funcionamiento. Colocó cuatro bombas, quitó las anillas y desapareció. La búsqueda posterior no logró encontrarlo. Durante más de 40 años mantuvo un perfil bajo, ayudado por quienes lo rodeaban sin conocer su identidad. La historia de Wilkinson se entrelaza con la del apartheid y con la demanda que Sudáfrica ha presentado contra Israel por genocidio, un caso que ha reavivado el debate sobre la memoria histórica y la justicia internacional. Hoy, a sus 76 años, Wilkinson vive sin ingresos de jubilación, sin página web y sin aparecer en ningún sitio que permita ubicarlo fácilmente. Su anonimato, paradójicamente, lo consiguió siendo el saboteador más buscado de Sudáfrica.
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