Antonio Campoy, campeón del mundo de kickboxing, impulsa un evento solidario contra el cáncer infantil
El luchador catalán de raíces andaluzas compagina su carrera deportiva, su gimnasio y la paternidad con la organización de un evento benéfico para apoyar la lucha contra el cáncer infantil.
Por Elena Lozano
Antonio Campoy, conocido en el ring como «El Flamenco», es campeón del mundo de kickboxing y una de las figuras más reconocibles de los deportes de contacto en España. Nacido en Barcelona pero con raíces andaluzas, Campoy ha construido una carrera que va más allá de la competición: regenta su propio gimnasio, forma a nuevos luchadores y prepara un evento solidario para apoyar la lucha contra el cáncer infantil, una causa que considera su combate más importante.
El luchador acaba de regresar de la competición y afronta los próximos meses con la vista puesta en el descanso y la familia, aunque sin perder de vista sus objetivos deportivos. Para el año que viene tiene varias propuestas importantes y la intención de disputar la defensa de su título mundial, que no pudo llevar a cabo este año debido a una lesión. «Espero recibir pronto la oferta y aceptarla con la misma ilusión de siempre», señala Campoy, que también quiere asumir nuevos retos profesionales.
Compaginar el deporte de élite con la paternidad y la gestión de su propio centro es uno de los mayores desafíos a los que se enfrenta. «Antes estaba centrado únicamente en el deporte. Ahora, aunque siga siendo profesional, siempre tengo a mis hijos en la cabeza», explica. El campeón reconoce que la paternidad supone tiempo y desgaste, pero mantiene su carrera y el sustento de su casa. A ello se suma el exigente corte de peso: habitualmente pesa 74 kilos y debe bajar a 64,5 para competir, una transición que afronta con la ayuda del nutricionista David Rojas.
El kickboxing le ha enseñado valores que van más allá del ring. «Disciplina, respeto, humildad, sacrificio y trabajo», enumera. Para Campoy, el deporte le ha dado algunos de los mejores años de su vida y le ha permitido conocer a gente maravillosa y viajar. En el gimnasio, dice, se respira «armonía, compañerismo, cariño y ganas de ayudar a los demás». Solo señala un aspecto negativo: las lesiones.
Su escuela de luchadores nació hace unos seis o siete años, cuando empezó a entrenar a algunos alumnos y surgió la idea de montar su propio centro. De lo que más orgulloso se siente no son los resultados de sus competidores, sino del grupo que han creado: «gente sana, buena y con un gran corazón». Ahora compagina el gimnasio, su carrera deportiva y la preparación de un evento benéfico para apoyar la lucha contra el cáncer infantil.
Campoy también reflexiona sobre la viabilidad económica del kickboxing. «Se puede vivir del deporte, pero hay que entenderlo en sentido amplio», apunta. Además de los combates, cuenta con el gimnasio, los cursos, los seminarios, las colaboraciones con marcas y las redes sociales. Vivir únicamente de pelear es mucho más complicado, porque no hay suficiente apoyo mediático ni presencia en televisión para que los deportistas cobren buenas bolsas. «Hay peleadores que lo consiguen, pero hay muchos más que sobreviven», advierte.
El apodo «El Flamenco» le acompaña desde una pelea en Lyon. El speaker le preguntó si tenía un nombre de guerra y, al responder que le gustaba el flamenco, le dijo: «Pues tú vas a ser El Flamenco». Desde entonces, sale al ring con flamenco de verdad de artistas como Fernando Terremoto, Pansequito, Manolo Caracol, Rafael Farina o Camarón de la Isla. Sus raíces andaluzas, con familia procedente de Granada y Córdoba, siempre han estado presentes en su vida.
Sobre el auge de las MMA en España, Campoy muestra respeto aunque prefiere el kickboxing. «Me parece un deporte tan digno como el mío y me alegra que la gente lo practique y lo siga», afirma. Considera que la sociedad necesita más deportes de contacto porque transmiten valores que a veces no se reconocen lo suficiente. También le gustaría que el kickboxing llegara a ser olímpico: «Sería bonito. Por edad, probablemente ya no me tocaría a mí, pero sí a las nuevas generaciones».
Para triunfar en este deporte, Campoy lo tiene claro: disciplina, trabajo, humildad y respeto. «También hay que ser educado, optimista y hacer las cosas con ilusión y cariño», concluye. Los resultados llegan o no, pero lo importante es rodearse de personas que te aporten y te hagan bien. Una filosofía que aplica tanto al deporte como a la vida y que ahora orienta hacia su causa solidaria contra el cáncer infantil.
5
