El mayor incendio de Madrid y el abandono del pastoreo: la tesis ecológica que señala al monte sin gestionar
El ecólogo Pablo Manzano sostiene que la magnitud del incendio de la Sierra Oeste de Madrid, que calcinó más de 29.000 hectáreas en julio, se explica por décadas de abandono del pastoreo y de prácticas como el desmoche de fresnos, que mantenían a raya la vegetación inflamable.
Por Iván Serrano
El incendio que en julio arrasó más de 29.000 hectáreas en la Sierra Oeste de Madrid no fue un desastre natural imprevisible, sino el resultado de décadas de abandono del pastoreo. Esa es la tesis que defiende Pablo Manzano, investigador del Centro Vasco de Cambio Climático y de la Universidad de Helsinki, y que un número creciente de ecólogos comparte. El fuego, que se originó en tres focos en Villa del Prado y San Martín de Valdeiglesias y obligó a evacuar una docena de municipios, se convirtió en el mayor de la historia de la región. Navas del Rey, el municipio más golpeado, perdió el 85% de su término municipal.
Manzano presentó su argumento durante la Subasta Nacional de Ganado Selecto celebrada en Colmenar Viejo. Su explicación parte de un árbol muy español, el fresno, que durante miles de años se desmochaba: se le cortaban las ramas altas cada pocos inviernos, dejándolo con forma de puño cerrado. «Les viene bien», afirma el investigador. «Si no los desmochan, se abrazan, se parten, se mueren». La costumbre, que hoy casi nadie practica, tiene un origen evolutivo remoto: los elefantes hacían lo mismo con las acacias en África mucho antes de que existiera un solo pastor en Europa. El árbol evolucionó para ser podado y, cuando nadie lo hace, enferma, acumula madera muerta y, llegado el verano, arde.
El mecanismo que describe Manzano es sencillo: cuando el consumo de biomasa vegetal no lo hacen los animales, lo hace el fuego. El monte mediterráneo necesita tres funciones distintas que hoy apenas se cubren. Está el pastoreo propiamente dicho, con vacas y ovejas arrasando la hierba al ras, el trabajo que antes hacían los uros y los caballos salvajes hoy extinguidos. Está el ramoneo, con cabras, ciervos y corzos mordisqueando selectivamente el matorral. Y está el desmoche de los árboles grandes. De esas tres funciones, solo sobrevive una y de forma parcial: quedan ciervos y corzos que ramonean, pero apenas queda quien pazca la hierba que conecta una mata con la siguiente, y casi nadie desmocha ya un fresno.
La consecuencia es una continuidad vegetal que convierte el monte en un combustible perfecto. Cuando la hierba no se consume, se seca y conecta un árbol con el siguiente. Sumado a un matorral sin podar, el fuego deja de arrastrarse por el suelo y empieza a subir a las copas. Ahí se forman los pirocúmulos, columnas de humo capaces de generar su propio viento y de lanzar pavesas kilómetros por delante del frente de llamas. «No hay dispositivo técnico, por mucho dinero que tengamos, capaz de apagar ese incendio», resume Manzano. Este tipo de fuegos, añade, solo se detienen con el cambio de estación.
La hipótesis cuenta con respaldo empírico. Un experimento con catorce parcelas en Gran Canaria, con zonas pastoreadas y excluidas del pastoreo, encontró una reducción significativa de la biomasa y el volumen vegetal allí donde pastaba el ganado, sin diferencias relevantes en la riqueza de especies a corto plazo. Al abrir pasillos en la vegetación y ramonear las ramas bajas, los animales generan microcortafuegos que frenan el avance de las llamas hacia las copas de los árboles. Un estudio del Eixo Atlántico publicado este año añade otra pieza: la despoblación rural y el envejecimiento de la población están directamente vinculados al aumento de los grandes incendios.
La Comunidad de Madrid parece actuar en consecuencia. Este año destinó actuaciones de pastoreo controlado a 5.652 hectáreas, y el 81% de los incendios registrados en 2026 se quedaron en conatos de menos de una hectárea. Además, ha repartido cerca de medio millón de kilos de forraje entre las ganaderías afectadas, dentro de un paquete de 43 medidas urgentes para la reconstrucción de la zona. La Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos de Madrid elevó a 18.500 las hectáreas de superficie agraria útil quemada y criticó la gestión de la emergencia.
El argumento de Manzano incomoda a varios bandos. A los movimientos conservacionistas que defienden la «naturaleza intacta» les discute que un bosque cerrado sea siempre lo deseable. Sostiene que buena parte del paisaje mediterráneo evolucionó bajo una presión de herbívoros intensa durante millones de años y que, sin ella, la vegetación se acumula hasta arder igualmente, solo que de forma mucho más violenta. Preguntado por cuánto territorio forestal de Madrid debería pastorearse para evitar incendios, su respuesta no admite matices: todo.
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