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Evolut

15 de octubre de 2026

Sociedad 5 min

La psicología revela cómo la Guerra Civil marcó para siempre la mentalidad de quienes la vivieron

Un amplio estudio europeo y décadas de investigación psicológica confirman que la generación que sufrió la Guerra Civil y la posguerra desarrolló una forma de entender la vida marcada por la austeridad, el silencio, el esfuerzo y la comunidad, un legado que se extingue con los últimos testigos directos.

La generación que vivió la Guerra Civil española (1936-1939) y los años de hambre que siguieron desarrolló una forma de estar en el mundo que hoy resulta prácticamente imposible de encontrar. La psicología lleva décadas documentando cómo la infancia en tiempos de guerra deja una huella profunda y permanente en la personalidad adulta, y el caso español no es una excepción. Hoy quedan muy pocos testigos directos de aquel periodo, la mayoría por encima de los 90 años, y con ellos se extingue una mentalidad forjada en la escasez y el miedo.

Un amplio estudio europeo publicado en The Review of Economics and Statistics analizó los recuerdos de infancia de más de 20.000 personas mayores de 13 países a partir de la encuesta SHARE. La conclusión fue que la exposición a la guerra, y sobre todo los periodos de hambre que trajo consigo, seguían dejando huella en la salud y la situación económica de quienes los vivieron incluso décadas después. Aunque aquel trabajo se centró en la Segunda Guerra Mundial, el mecanismo es idéntico al que atravesaron millones de españoles en los años treinta y cuarenta: escasez extrema, miedo constante, familias rotas y una infancia que terminó demasiado pronto. Esa huella no solo afectó al cuerpo, también moldeó la forma de pensar, de gastar y de relacionarse.

El rasgo más reconocible es la austeridad. Quien ha pasado hambre de verdad desarrolla una relación casi sagrada con la comida y con los recursos. Guardar, remendar, reutilizar y no desperdiciar nada no era una moda sostenible, sino pura supervivencia que se quedó grabada como hábito. Los psicólogos lo relacionan con una sensación de escasez aprendida: aunque llegaran tiempos mejores, el cerebro seguía funcionando como si mañana pudiera faltar de nuevo. El papel de aluminio guardado en un cajón, el plato rebañado hasta dejarlo limpio o la frase «peores cosas hemos pasado» son pequeñas ventanas a esa mentalidad.

Otro rasgo muy extendido es el silencio. Muchas personas de esa generación apenas hablaron de lo que vivieron, ni siquiera con sus propios hijos. Las psicoanalistas Anna Miñarro y Teresa Morandi estudiaron en Cataluña los efectos emocionales de la guerra y la dictadura posterior, y concluyeron que quienes los vivieron transmitieron sus marcas a las siguientes generaciones, incluso sin quererlo. Callar era una manera de seguir adelante y de proteger a los suyos, pero también hizo que muchas heridas se quedaran sin cerrar.

Quien ha visto lo peor tiende a medir los problemas con otra vara. Esta generación suele quitar hierro a contratiempos que hoy parecen enormes y encuentra satisfacción en cosas pequeñas: una comida en familia, tener salud, un techo. La psicología tiene un nombre para esto: crecimiento postraumático, un concepto que describe cómo algunas personas, tras experiencias muy duras, desarrollan una mayor apreciación de la vida y una escala de prioridades distinta. Conviene no idealizarlo. No todo el que vivió la guerra salió fortalecido, y muchos arrastraron miedo, tristeza y secuelas durante toda su vida. Pero los que lograron rehacerse lo hicieron con una fortaleza que hoy cuesta encontrar.

En la posguerra, salir adelante dependía del trabajo duro y de la ayuda entre vecinos. Compartir lo poco que había, cuidar de los hijos de otros o echar una mano en el campo eran cosas normales. De ahí nace una cultura del esfuerzo y un sentido de comunidad muy marcados, con una idea muy clara de que las cosas cuestan y no se regalan. Esa forma de entender la vida no se aprendía en los libros: se forjaba a base de carencias que, por suerte, la mayoría de los españoles de hoy no ha conocido. No se trata de que las generaciones actuales sean peores ni más débiles, simplemente no han tenido que pasar por lo mismo, y eso es una buena noticia. Escuchar a quienes vivieron aquellos años es mucho más que una lección de historia: es asomarse a una forma de vivir en la que nada se daba por hecho.

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Marcos Esteban

Autor

Cronista deportivo

Marcos Esteban cubre para Evolut actualidad, política, economía, sociedad y cultura. Su trabajo se centra en la verificación, el contexto y explicaciones claras para los lectores.

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