Los agentes de IA prometen automatizar gestiones cotidianas a cambio de acceso total a los datos personales
Una nueva generación de agentes de inteligencia artificial aspira a encargarse de tareas digitales tediosas como reclamar facturas, buscar vuelos o cancelar suscripciones, pero exige un acceso casi total a los datos personales y asume el riesgo de cometer errores graves.
Por Elena Lozano
Una nueva generación de agentes de inteligencia artificial aspira a convertirse en el asistente digital definitivo para el gran público. Estos sistemas, entrenados para ejecutar tareas complejas a partir de órdenes sencillas, prometen encargarse de gestiones cotidianas que muchos usuarios consideran tediosas: localizar la factura de un electrodoméstico, consultar los plazos de garantía, encontrar un formulario de reclamación, solicitar la visita de un técnico o encajarla en la agenda. Todo ello, en teoría, con una sola instrucción como «la lavadora no funciona».
La propuesta de valor de estos agentes se apoya en dos conceptos que, según los expertos, anticipan si una tecnología puede triunfar entre el público general: reducir las asimetrías de información y eliminar fricciones. Salvador Serrano, jefe de Operaciones en Modulor Studios, un grupo empresarial español que crea y desarrolla negocios digitales, lo resume así: «Cuando te relacionas con empresas u organizaciones, siempre hay relaciones asimétricas. Normalmente, hay una parte que conoce más la legislación, el marco, tiene equipos de marketing o más experiencia». Frente a esa desventaja estructural del individuo, los agentes permiten «defender tus intereses con más criterio», añade.
El salto de la promesa al producto se está produciendo en el tramo final de 2026. Buena parte del impulso proviene de Instinct, una startup fundada en 2025 que apenas cuenta con 14 empleados, no tiene equipo de marketing ni actividad en redes sociales. Su agente de IA se ha viralizado por su extrema sencillez: la interfaz de comunicación es WhatsApp, lo que permite al usuario escribirle cualquier orden o enviarle un audio como haría con cualquier contacto. En las últimas semanas, las redes sociales se han llenado de ejemplos de automatizaciones que van desde dejar acceso al supermercado online para que el agente prepare la cesta de la compra hasta negociar con múltiples empresas el transporte de un paquete desde Berlín. «Usa su propio correo y me pone en copia», explicaba un usuario. «Habla de mí como si fuera mi asistente».
Los gigantes tecnológicos también han reservado su lugar en esta carrera. Mark Zuckerberg, consejero delegado de Meta, ha convertido los agentes para el usuario medio en una de sus obsesiones bajo el nombre de «superinteligencia personal». «Todo el mundo tendrá un agente personal excepcionalmente capaz que te entenderá a ti, tus objetivos y todo lo que te importa. Tu agente trabajará para ti las 24 horas del día, los 7 días de la semana», aseguró en un extenso ensayo. La visión de Zuckerberg coincide con la de otras grandes compañías que llevan años probando agentes, pero que solo ahora aspiran a llevarlos al público general.
Sin embargo, la cara B de esta tecnología plantea riesgos considerables. Para ejecutar esas tareas, los agentes necesitan un acceso casi total a los datos personales del usuario: correos electrónicos, sistemas de mensajería, cuentas bancarias, suscripciones y calendarios. Esa dependencia los convierte en un objetivo atractivo para filtraciones y abusos. Además, deben asumir que pueden cometer errores fatales, como autorizar un pago indebido o compartir información sensible con terceros. Investigadores españoles han demostrado que ChatGPT, Gemini, Claude y otras IA filtran datos de los chats a anunciantes, lo que evidencia que la privacidad sigue siendo un flanco débil de estos sistemas.
El equilibrio entre utilidad y seguridad será determinante para la adopción masiva de los agentes. Mientras la industria insiste en que la automatización liberará a los usuarios de tareas repetitivas, los expertos advierten de que la conveniencia no puede construirse sobre una cesión indiscriminada de datos. La promesa de una IA que haga la colada y friegue los platos —como reclamaba la escritora Joanna Maciejewska— sigue sin cumplirse, pero la versión digital de ese anhelo ya está llamando a la puerta. La pregunta es si los usuarios estarán dispuestos a pagar el precio en privacidad que exige tener un asistente disponible las 24 horas.
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