Manual de convivencia en el transporte público: dejar salir, no invadir y respetar el silencio
Expertas en protocolo y usuarios habituales del metro y el autobús comparten las claves de civismo para sobrevivir a la hora punta sin perder los nervios: dejar salir antes de entrar, gestionar el espacio y evitar el ruido invasivo.
Por Marcos Esteban
Dejar salir antes de entrar, quitarse la mochila de la espalda o no invadir el asiento contiguo con objetos son algunas de las normas básicas que expertas en protocolo y usuarios frecuentes del transporte público reclaman para mejorar la convivencia en un espacio compartido que cada día pone a prueba la paciencia de millones de personas. La hora punta, con vagones abarrotados y desconocidos apretados, se convierte en un escenario donde los límites entre las libertades individuales y las del vecino de al lado se difuminan.
Una de las quejas más repetidas entre los usuarios es la de quienes no respetan el orden de salida. «Con lo que no puedo es con la gente que no deja salir antes de entrar. Tanto cuando voy a entrar y me están empujando por detrás, como cuando voy a salir y se abalanzan sin dejar espacio para pasar», explica Elena, usuaria del metro de Madrid. Para Pilar Muiños, vicepresidenta de la Asociación de Técnicos de Protocolo de Galicia, esta norma no es solo cortesía, sino «un principio esencial de orden físico para garantizar la fluidez de los flujos de paso y evitar pisotones y empujones innecesarios».
El espacio es un bien escaso en el transporte público y su gestión genera conflictos silenciosos. El llamado manspreading o despatarre masculino, que también incluye la ocupación de reposabrazos, es una queja constante entre las usuarias. De hecho, los autobuses madrileños incluyeron en 2017 una advertencia sobre esta práctica en su cartelería. «La lucha por tu espacio vital en el autobús es continua; desde los que abren las piernas y se meten en tu asiento a quienes echan el respaldo hacia atrás sin mirar y te aplastan, cuando los asientos ya son de por sí enanos», valora Rosario, otra usuaria.
Para María José Gómez Verdú, experta en protocolo y etiqueta, la norma es jamás tomar una decisión de forma unilateral: «En un espacio compartido hay que preguntar siempre al de atrás antes de reclinar el respaldo, porque esa persona puede tener un café en la bandeja o el portátil abierto y podemos provocar un percance». El mismo principio se aplica si se quiere abrir la ventana o bajar la persiana, acciones que afectan a más personas.
La mochila a la espalda en hora punta puede convertirse en un obstáculo peligroso. «Deberían quitarse de la espalda al entrar y colocarse entre las piernas en el suelo, o bien en los portaequipajes superiores», señala Muiños. Sobre dejarla en el asiento contiguo, Gómez Verdú es clara: solo está justificado si el vehículo está semivacío y debe retirarse de forma proactiva si empieza a llenarse. «Un asiento es para un pasajero, no para un objeto», defiende. Además, recuerda la importancia de ceder el asiento no solo a personas mayores o embarazadas, sino a cualquiera que muestre signos de fatiga, lesión o carga.
El ruido es otro de los grandes focos de conflicto. «Salgo de trabajar cansada, con hambre y sueño, y tengo que aguantar a un rapero, por llamarlo de alguna forma, diciéndome 'venga, chica, sonríe'», expone Elena, que cree que ese tipo de actuaciones deberían restringirse al andén. Marina, otra usuaria, confiesa no soportar a «la gente que habla por teléfono en el vagón como si fuesen solos», convirtiendo el tren en su despacho. También es frecuente quien ve vídeos o películas sin auriculares. Rosario asegura haberse cambiado «muchísimas veces» de vagón, «sobre todo vídeos de política o mítines que yo no tengo por qué escuchar, porque está interfiriendo en mi ámbito privado».
Para Rafael, hay personas que sufren especialmente ciertos ruidos: «Yo no me meto en el metro sin auriculares con cancelación de sonido, aunque no esté escuchando nada». Las expertas coinciden en que el civismo en el transporte público pasa por preguntar antes de actuar, ser consciente del espacio que se ocupa y respetar el silencio ajeno como parte de la convivencia urbana.
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