Félix Rodríguez de la Fuente y su tesis sobre el lobo: de compañero de caza a «animal fuera de la ley»
El naturalista burgalés atribuyó la persecución del lobo al cambio de vida humano con la agricultura y la ganadería. La investigación actual sobre la domesticación respalda parte de su razonamiento.
Por Elena Lozano
Félix Rodríguez de la Fuente sostuvo que el lobo no siempre fue perseguido. En el capítulo «El gran proscrito» de su enciclopedia Fauna, publicada con Salvat a partir de 1970, el naturalista burgalés escribió que «todo parece indicar que, hasta la aparición de la agricultura y el pastoreo, el hombre y el lobo compartieron el hemisferio norte sin hacerse una verdadera guerra». A partir de ese momento, añadía, «el lobo se convirtió en un proscrito, en un animal fuera de la ley».
Su razonamiento era directo: mientras el ser humano vivió de la caza y la recolección, el lobo era un vecino más del paisaje. Cuando empezó a criar ovejas, cabras y vacas, cada ataque se convirtió en una pérdida económica. El conflicto, según esta tesis, no nace de la naturaleza del lobo, sino del cambio en la forma de vida humana. En la misma obra, el divulgador se quejaba de que «todo lo abominable, como la sed de sangre, la traición, la cobardía, se ha atribuido al lobo por la mente popular». Frente a esa imagen, lo describía como un cánido «sumamente cooperativo, rígidamente jerarquizado» y con una inteligencia que, a su juicio, superaba a la de cualquier otro carnívoro salvaje.
Su conocimiento no era meramente teórico. Nacido en Poza de la Sal (Burgos) en 1928 y licenciado en Medicina por la Universidad de Valladolid, se formó en biología de manera autodidacta. En 1965 rescató a varios cachorros de lobo y llegó a convertirse en el líder de su manada, una experiencia que después trasladaría a la televisión. Sus documentales, libros y programas de radio llevaron a millones de hogares la vida de especies que hasta entonces solo interesaban a cazadores, pastores y científicos.
Más de cincuenta años después, la investigación sobre el origen del perro respalda buena parte de su razonamiento. El lobo fue el primer animal domesticado por el ser humano, y ese proceso comenzó hace al menos 15.000 años, durante la última glaciación, cuando nuestros antepasados todavía eran cazadores-recolectores. Una revisión del veterinario James Serpell, de la Universidad de Pensilvania, publicada en 2021 en Frontiers in Veterinary Science, sitúa esa domesticación al menos entre 4.000 y 5.000 años antes que la de ovejas y cabras.
Otro trabajo, dirigido por Maria Lahtinen, de la Autoridad Alimentaria de Finlandia y la Universidad de Helsinki, y publicado en Scientific Reports, aporta una explicación de por qué esa convivencia fue posible. El ser humano no puede digerir grandes cantidades de proteína magra, mientras que el lobo sí. En los inviernos glaciales, sobraba carne que los cazadores podían compartir. «Los perros primitivos y los humanos del Paleolítico no habrían competido por la comida durante los meses de invierno, críticos para la supervivencia», resume la investigadora.
El escenario cambió con el Neolítico. La ganadería surgió en Oriente Próximo hace más de 10.000 años y llegó a la península ibérica hace unos 7.500. Con los primeros rebaños, el lobo pasó de compañero de caza a amenaza para una propiedad. Eso no significa que la convivencia anterior fuera idílica, ya que ambos cazaban las mismas presas. Pero no existía un rebaño que proteger, que es justo el matiz que subrayaba el divulgador.
La persecución de este animal en España tuvo respaldo legal durante más de un siglo. Las leyes de 1834 y 1902 premiaban la captura de los llamados animales dañinos, y una Real Orden de 1915 fijó las cantidades que los ayuntamientos debían pagar a quienes los mataban. El 11 de agosto de 1953, un decreto del Ministerio de Agricultura obligó a crear en todas las provincias las Juntas Provinciales de Extinción de Animales Dañinos y Protección a la Caza, que repartían veneno y planificaban la eliminación de depredadores. Solo entre 1955 y 1959, más de 200 lobos murieron en Cáceres y Granada, dos provincias donde hoy la especie ha desaparecido.
El cambio llegó con la Ley de Caza de 1970, que suprimió las recompensas e introdujo por primera vez el concepto de especie protegida. Ese mismo año, en Fauna, el naturalista calculaba que la población de lobos «en ningún modo superará los mil ejemplares». Muchos especialistas consideran que su trabajo ayudó a evitar la extinción de la especie en la península. El último censo nacional, elaborado entre 2021 y 2024 por el Ministerio para la Transición Ecológica, contabiliza 333 manadas en España, un 12% más que en el recuento de 2012-2014. Aun así, la cifra queda lejos de las 500 que la Comisión Europea toma como referencia para considerar favorable su estado de conservación.
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