Soda Stereo revuelve el debate ético sobre las giras con hologramas
El regreso de Soda Stereo a Madrid con la imagen y voz de Gustavo Cerati plantea preguntas sobre los límites artísticos y morales de usar tecnología para recrear a artistas fallecidos.
Por Marcos Esteban
El próximo 24 de septiembre, el Movistar Arena de Madrid acogerá un concierto de Soda Stereo en el que, junto a Zeta Bosio y Charly Alberti, volverá a verse y escucharse a Gustavo Cerati. El líder de la banda argentina falleció en 2014, pero su presencia en el escenario se logrará mediante filmaciones y audios tomados de la gira de 2007, combinados con tecnología que crea un efecto realista. La promotora presenta el espectáculo, enmarcado en la gira Ecos, como un «evento histórico» que reúne a los tres componentes «gracias a la tecnología».
La propuesta responde a una demanda del público que lleva años reclamando ver de nuevo a la formación. Marcelo Fernández Bitar, periodista, historiador y autor de Soda Stereo: La biografía total, explica que esta gira «es algo que vienen pidiendo los fans no solo de Argentina, sino de toda Hispanoamérica». Según detalla, la banda ha alcanzado «esa categoría tan difícil en la que generaciones nuevas que nunca los vieron en vivo quieren verlos en vivo aunque ya no esté presente alguno de los integrantes».
El fenómeno no es aislado. En las últimas décadas, numerosos grupos decidieron continuar tras perder a miembros clave: AC/DC fichó a Brian Johnson después de la muerte de Bon Scott, The Doors recurrió a Ian Astbury para interpretar las canciones de Jim Morrison y bandas como Nitzer Ebb o The Beach Boys siguieron adelante tras el fallecimiento de algunos de sus componentes. La diferencia ahora es que el archivo audiovisual y las nuevas herramientas digitales permiten prescindir de un sustituto. Así ocurrió en la gira Dio Returns, donde los antiguos compañeros de Ronnie James Dio tocaron junto a una recreación holográfica del cantante, o en el Hologram Tour de Whitney Houston, que llegará a Madrid el próximo 22 de noviembre.
El avance tecnológico abre un dilema ético. Angelique Nairn, subdirectora de la Facultad de Estudios de la Comunicación de la Universidad Tecnológica de Auckland (AUT), advierte de que «cuando hablamos de atrapar a artistas fallecidos en una especie de purgatorio tecnológico, lo que queremos decir es que quedan atrapados en una versión de quienes fueron en su día. La tecnología puede recrearlos, pero no les permite evolucionar». Esa paradoja se aprecia en los conciertos de ABBA Voyage, que proyectan imágenes digitales hiperrealistas de los integrantes con la apariencia que tenían en su juventud.
Tony Rigg, asesor de la industria musical, académico afiliado a la Universidad de Lancashire y coeditor de The Future of Live Music, señala que así se pierde la «incertidumbre de la actuación». «Un músico humano cambia con el tiempo. Envejece, reinterpreta su obra, comete errores, los resuelve, asume riesgos, improvisa, responde al público y, a veces, produce hermosos accidentes», argumenta. Aunque los montajes ofrecen un espectáculo inmersivo de gran impacto visual, la figura recreada digitalmente carece de autonomía para reaccionar al ambiente de la sala, de modo que la vitalidad del evento depende de la actitud del público.
En el caso de Soda Stereo, Fernández Bitar, que asistió a dos conciertos de la gira en Buenos Aires, sostiene que lo esencial se vive en la pista: «El eje es cantar las canciones y estar ahí en vivo. Es toda la magia que genera un espectáculo así, más allá de si están todos o no están todos ahí». Aunque admite que «por definición es un show frío porque no hay interacción del cantante con el público», ya que Cerati se recrea en una pantalla, lo emocionante es la «posibilidad de estar cantando con los demás los temas de Soda Stereo».
Queen optó por un camino distinto tras la muerte de Freddie Mercury. En lugar de crear una réplica digital de su líder, Brian May y Roger Taylor prefirieron compartir escenario con cantantes reales. La decisión subraya que, más allá de la viabilidad técnica, la cuestión de fondo es si los artistas habrían querido ser recreados de ese modo y quién tiene derecho a decidirlo. La IA solo podrá utilizar la imagen y la voz de los artistas si existe un contrato y una retribución, pero el debate artístico y moral sigue abierto.
