Un libro crítico con el culto a Sorolla en Valencia se presenta como su mayor muestra de respeto
Los especialistas Albert Ferrer Orts y Juan Bautista Tormos publican 'Contra Sorolla', un ensayo que cuestiona la utilización excesiva del pintor en Valencia y propone una lectura más compleja de su figura.
Por Marcos Esteban
Los especialistas Albert Ferrer Orts y Juan Bautista Tormos han publicado 'Contra Sorolla', un libro de planteamiento provocativo que cuestiona el modo en que Valencia gestiona el legado del pintor. Su subtítulo, «Ús i abús d'un mite», resume la tesis de la obra: el aprecio por Sorolla no es el problema, sino el uso interesado y excesivo que se hace de su figura. Los autores sostienen que la relación entre la ciudad y el artista es únicamente de amor, una pasión intensa y de fecundidad expositiva, y que el problema reside en el culto que apenas admite discordancias.
Para los autores, la relación entre Valencia y Sorolla nunca ha sido tan idílica como algunos círculos artísticos y políticos han pretendido vender. Para ilustrarlo recuperan un episodio poco conocido: la escultura del pintor, obra del escultor Ricardo Causarás, amigo de Sorolla, que había modelado tras haber tenido al pintor posando durante un par de semanas en un estudio de la calle Cirilo Amorós. La figura fue entregada al ayuntamiento como un legado de cuerpo presente, pero se almacenó en la gruta de Viveros, sin mayor lustre, hasta que se decidió rescatarla para llevarla a Barcelona, donde se repararía tras años de abandono y se fundiría en bronce ya después de la muerte del pintor. Durante su embarque, en agosto de 1930, la pieza cayó al agua y nadie hizo nada por rescatarla. Según el libro, Sorolla murió dos veces: en Cercedilla, en agosto de 1923, y en el puerto de Valencia, en agosto de 1930.
Los autores explican que, hace un siglo, nada hacía prever que su ciudad le dedicara tanta atención póstuma. Sin embargo, la memoria del pintor se convirtió en una herramienta para que Valencia ejercitara su propio imaginario, quizá también por una mala conciencia local tras el episodio de la escultura hundida. En muchas de sus escenas valencianas, Sorolla idealizó paisajes y figuras para embellecer el contexto de una ciudadanía que quería verse mejor de lo que estaba, un rasgo que, según el libro, explica buena parte de la pasión actual por su obra: permite practicar una nostalgia plenamente idílica.
El libro sostiene que la gestión reciente del legado artístico, especialmente desde 2007, parece orientada a contentar de forma recurrente a un sector de la población valenciana obsesionado con reverdecer viejas glorias y con una veneración que, según los autores, resulta enfermiza. Esa actitud se extiende, afirman, a otras figuras como el maestro Serrano, Thous o Blasco Ibáñez, y supone renunciar conscientemente a reivindicar y enaltecer a otros creadores valencianos, sobre todo aquellos que se salen de los cánones.
Los autores advierten de que, convertido en icono de este tiempo, Sorolla se ha transformado también en un souvenir, a la manera de Frida Kahlo o Van Gogh. Esa conversión en pope de la mercadotecnia urbana y cultural elimina los matices y consolida su figura como un elemento apetitoso del que sacar rédito, también en sentido simbólico. Frente a ello, el libro propone lo contrario: cuidar a Sorolla exige añadir complejidad a su conocimiento y reconocer la denuncia social y el cuestionamiento que también habitan en su obra, aunque haya que buscarlos.
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