Woody Allen, a sus 90 años, dice que la jubilación es para quien odia su trabajo
El director estadounidense, que cumplió 90 años en diciembre de 2025, sigue trabajando y explica que no concibe dejar de hacer lo que le apasiona.
Por Inés Benítez
Woody Allen cumplió 90 años en diciembre de 2025 y sigue trabajando. No lo hace como declaración de principios ni como gesto de resistencia frente al paso del tiempo, sino porque, según ha explicado en numerosas ocasiones, no concibe hacer otra cosa. Ante las preguntas sobre el retiro, el cineasta responde con una frase que resume su postura: «La jubilación es para la gente que se ha pasado toda una vida odiando lo que hacía».
El director de más de cincuenta películas, desde Annie Hall hasta Rifkin’s Festival, es también guionista, músico de jazz y escritor, y figura entre los cineastas más prolíficos de la historia. Durante décadas ha respondido a la cuestión de la jubilación con una coherencia que desafía las convenciones sociales sobre lo que debería hacer alguien de su edad. Según la frase citada, la respuesta puede resultar liberadora para unos y incómoda para otros.
La reflexión de Allen va más allá de su relación personal con el cine. Plantea una idea sobre la naturaleza del trabajo elegido y sobre lo que ocurre cuando una persona encuentra una actividad que no distingue del resto de su existencia. La jubilación, en el modelo tradicional, funciona como recompensa: el momento en que, tras años de esfuerzo a cambio de un salario y de seguridad, por fin se deja de hacer lo que se hacía. Esa lógica presupone que el trabajo era una carga.
Para Allen, escribir guiones y dirigir películas no es un medio para ganarse la vida, sino la forma en que su mente funciona y el canal a través del cual procesa el mundo. Es, en sus palabras implícitas, la única actividad que le resulta interesante durante el tiempo suficiente como para llevarla a término. Por eso, la pregunta de cuándo retirarse carece de sentido en su caso, porque no existe una separación clara entre lo que hace y lo que es.
La frase, sin embargo, omite un matiz relevante. La relación con el trabajo que describe es también fruto de circunstancias que no están al alcance de todo el mundo. El talento, la suerte, el momento histórico y, sobre todo, la posibilidad de elegir libremente la actividad a la que dedicarse son condiciones que muchas personas no han tenido. Quien pasó décadas en un empleo que no eligió no decidió odiarlo: llegó a él porque era lo que su entorno ofrecía. Para esas personas, la jubilación no es consecuencia de un rechazo al trabajo, sino la primera oportunidad real de vivir de otra manera.
Allen, en cualquier caso, no pretende juzgar a quienes se retiran. Su afirmación es más acotada: explica por qué él no lo hace. En ese sentido, sostiene que quien trabaja en lo que ama no necesita que le digan cuándo parar.
Esa coherencia es precisamente lo que hace significativa su postura. A lo largo de su carrera no ha moderado el ritmo con la edad, no ha espaciado sus proyectos ni ha hablado de tomarse un descanso. Ha seguido escribiendo y dirigiendo y, cuando puede, toca el clarinete los lunes por la noche en un club de jazz de Nueva York con la regularidad de siempre. A los 90 años, la jubilación sigue siendo para él una solución a un problema que nunca ha tenido.
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