Una IA cartografía por primera vez 39.619 icebergs varados en la Antártida
Un equipo australiano utiliza imágenes de radar del satélite Sentinel-1 y una red neuronal para identificar casi 40.000 bloques de hielo encallados en el fondo marino antártico, de los que el 93% son diminutos y habían pasado desapercibidos.
Por Iván Serrano
Un equipo de investigación australiano ha logrado cartografiar por primera vez los icebergs varados que rodean la Antártida. Utilizando imágenes de radar del satélite Sentinel-1 de la Agencia Espacial Europea y una herramienta automática de inteligencia artificial, los científicos contabilizaron 39.619 bloques de hielo encallados en el fondo marino, según el estudio publicado por el Australian Antarctic Program Partnership (AAPP).
El trabajo, dirigido por Kaihong Jiao, del Instituto de Estudios Marinos y Antárticos (IMAS) de la Universidad de Tasmania, comenzó como un proyecto de máster y contó con la colaboración de investigadores de Geoscience Australia, la Universidad Ártica de Noruega y la División Antártica Australiana. «Con imágenes de radar por satélite y una herramienta automática de inteligencia artificial, cartografiamos casi 40.000 icebergs inmóviles en 2025», resumió Jiao en la nota de prensa del AAPP.
Un iceberg varado es un bloque de hielo cuya quilla, la parte sumergida, ha tocado fondo en las aguas poco profundas de la plataforma continental. Una vez encallado, puede permanecer inmóvil durante periodos que van de días a varias décadas. Hasta ahora, la vigilancia de estos bloques dependía en gran medida del análisis manual de imágenes de satélite, lo que dejaba sin monitorizar una enorme cantidad de icebergs pequeños. Organismos como el Centro Nacional de Hielo de Estados Unidos solo nombran los que superan las 10 millas náuticas de eje mayor, unos 18,5 kilómetros.
Para superar esa limitación, los investigadores emplearon 274 imágenes del radar de apertura sintética (SAR) de Sentinel-1, tomadas en marzo de 2025, cuando el hielo marino fijo de la costa antártica alcanzó mínimos récord. El radar emite pulsos de microondas y registra el eco de la superficie, lo que permite ver a través de las nubes y la oscuridad polar. La herramienta de inteligencia artificial es una red ResUNet, un modelo de aprendizaje profundo que separa en cada imagen los píxeles pertenecientes a un iceberg del resto del fondo, incluido el hielo marino. Después, un algoritmo cotejaba dos pasadas del satélite tomadas con 12 días de diferencia y solo mantenía en la lista los bloques que seguían en el mismo sitio. Además, se aplicaron restricciones físicas basadas en la batimetría y la concentración de hielo marino para eliminar falsos positivos: un candidato en aguas de más de 1.000 metros de profundidad quedaba descartado porque allí un iceberg no puede tocar fondo.
El método logró reducir el tamaño mínimo detectable de un iceberg a 1,6 hectáreas, algo más que dos campos de fútbol, y alcanzó una puntuación F1 superior a 0,91, un índice que combina las falsas alarmas y los icebergs no detectados. Los 39.619 icebergs suman 13.430 kilómetros cuadrados y aparecen en el 56,5% de la costa antártica. Sin embargo, su distribución es muy desigual: el 14,2% del litoral concentra el 80% de todos ellos y la mitad se reúne en apenas el 4,9% de la costa.
El hallazgo principal es que los icebergs diminutos, de menos de un kilómetro cuadrado, dominan tanto en número como en superficie. Representan el 92,6% del total y aportan el 53,9% de toda la superficie varada. «Descubrimos que los icebergs diminutos, a menudo pasados por alto, de menos de un kilómetro cuadrado, dominan en realidad tanto el número total como la superficie», señaló Jiao. Las zonas más densas se encuentran sobre bancos y dorsales poco profundos, sobre todo aguas abajo de plataformas de hielo que se fragmentan con frecuencia. Frente al glaciar Thwaites y en el banco Fram, la densidad llega a 41 icebergs por cada 25 kilómetros cuadrados, formando lo que el estudio denomina «cadenas de icebergs varados».
Estas agrupaciones densas de icebergs pequeños son clave para lo que los autores llaman el «efecto empalizada» (picket fence effect), porque actúan como una serie de anclajes físicos que estabilizan el hielo fijo y evitan que se rompa y derive hacia mar abierto. «Aunque los pequeños icebergs varados individuales cubren solo una superficie limitada, su gran número y su amplia presencia en aguas poco profundas les permiten desempeñar un notable papel de anclaje en el mantenimiento del hielo fijo», escriben los autores. También señalan que la empalizada antártica funciona menos como un muro continuo y más como una serie de nodos estructurales discretos y de alta intensidad. Por eso, la estabilidad del hielo fijo de todo el continente puede depender de manera desproporcionada de estas regiones concretas.
La elección de 2025 como año de estudio no fue casual. Un iceberg atrapado en el hielo marino también parece inmóvil en las imágenes aunque no toque fondo, lo que puede generar confusión. Para reducir ese error, el equipo trabajó con imágenes de finales del verano austral de 2025, cuando el hielo fijo antártico bajó de 100.000 kilómetros cuadrados, frente a una media de unos 221.000 entre 2000 y 2018. Ese mínimo ofrecía una ventana de observación singularmente despejada para distinguir los bloques realmente encallados.
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