Colgar los dibujos y medallas de los hijos en casa transmite un mensaje que va más allá del orgullo
La psicología señala que exponer los trabajos de los niños en lugares visibles refuerza su sentido de competencia y pertenencia, siempre que el reconocimiento se centre en el esfuerzo y no solo en el resultado.
Por Marcos Esteban
Colgar un dibujo en la nevera o una medalla en la pared es una escena habitual en los hogares con niños. Para los padres, puede ser una simple muestra de orgullo. Sin embargo, la psicología lleva tiempo estudiando cómo las respuestas de los adultos influyen en la forma en que los menores perciben sus propias capacidades, y ese gesto cotidiano envía un mensaje que va mucho más allá de la celebración.
Cuando un trabajo infantil ocupa un lugar visible, el niño entiende algo esencial: «lo hemos visto y para nosotros importa». Un garabato que para un adulto puede parecer irrelevante quizá haya supuesto para el menor un buen rato dibujando, pensando qué quería hacer y eligiendo colores. Si ese papel termina en la nevera en lugar de desaparecer en un cajón, el pequeño sabe que alguien se ha fijado en él.
Esta idea conecta con la teoría de la autodeterminación desarrollada por los psicólogos Edward Deci y Richard Ryan, que identifica tres necesidades psicológicas básicas: autonomía, competencia y relación con los demás. Ver una creación propia expuesta en casa puede intervenir en dos de ellas. Por un lado, la competencia, es decir, sentir que somos capaces de hacer cosas. Por otro, la conexión con quienes nos rodean y la sensación de ser valorados.
Esto no significa que llenar la nevera de dibujos consiga automáticamente que un niño tenga más confianza en sí mismo. La relación no es tan sencilla, pero ese reconocimiento puede formar parte de un ambiente familiar en el que el menor perciba que sus intereses y su trabajo reciben atención.
Las palabras que acompañan al dibujo o a la medalla pueden ser incluso más importantes que decidir dónde colocarlos. Pensemos en dos niños que reciben un premio. A uno le dicen que es brillantísimo y el mejor de todos. Al otro le recuerdan cuánto ha practicado para conseguirlo. En ambos casos existe orgullo, pero el mensaje cambia por completo.
Los trabajos de la psicóloga Carol Dweck y otros investigadores han estudiado las diferencias entre elogiar características personales y reconocer aspectos como el esfuerzo, las estrategias utilizadas o el proceso de aprendizaje. Cuando la atención se centra únicamente en ganar o en ser especialmente inteligente, el niño puede empezar a relacionar el reconocimiento con el resultado. Esto cobra especial importancia cuando aparece un fracaso. Si ser bueno significa ganar siempre, perder puede resultar mucho más difícil de encajar.
Valorar el trabajo realizado permite mirar el resultado de otra manera. La medalla celebra una victoria, pero los entrenamientos, las veces que algo salió mal y la constancia también forman parte de lo conseguido. No hace falta esperar a que llegue un gran logro: una tarjeta hecha a mano, un dibujo imperfecto o una manualidad pueden ocupar exactamente el mismo lugar. Celebrar únicamente el resultado pone todo el peso en ganar; interesarse también por el proceso permite reconocer lo que hubo antes.
No todo tiene que ver con los logros. Muchas veces los padres guardan estas cosas simplemente porque quieren conservar un momento de la infancia de sus hijos. El primer dibujo, una manualidad del colegio o una fotografía pueden tener poco valor material y muchísimo para una familia. Poner esos recuerdos en lugares por los que se pasa constantemente hace que formen parte de la vida cotidiana. Para un niño, verlos puede transmitir que sus experiencias tienen un espacio dentro de la familia. Para los padres, el mismo dibujo puede acabar recordándoles años después una etapa concreta de su infancia.
El problema aparece cuando solo se celebran los éxitos. Reconocer el trabajo de un niño también puede animarle a continuar con una actividad. Si ha dedicado tiempo a pintar, practicar un deporte o aprender a tocar un instrumento y sus padres muestran interés, esa respuesta puede servir de motivación. La cuestión cambia cuando el reconocimiento depende siempre del resultado. Si las medallas tienen un lugar privilegiado pero aquello que no terminó en premio nunca merece atención, el niño puede recibir un mensaje diferente al que sus padres pretendían transmitir.
Al final, lo importante no es la nevera ni la pared elegida para colocar un diploma. Es lo que ocurre alrededor de ese gesto. Cuando un niño descubre que sus padres han guardado algo que hizo y han decidido dejarlo a la vista, puede entender que aquello a lo que dedicó su tiempo también importa en casa.
