Los arquitectos desaconsejan el papel de aluminio en las ventanas y piden protegerlas por fuera
Los expertos en diseño pasivo coinciden en que cubrir los cristales con aluminio por dentro es solo un parche de emergencia: atrapa el calor y puede dañar el doble acristalamiento. La solución eficaz es proteger la ventana desde el exterior.
Por Marcos Esteban
Cubrir las ventanas con papel de aluminio se ha convertido en una estampa habitual de cada ola de calor en las ciudades europeas donde el aire acondicionado escasea. El truco, barato y rápido, gana adeptos cada verano entre quienes buscan bajar la temperatura de casa sin afrontar obras ni instalaciones costosas. Sin embargo, los arquitectos especializados en diseño climático pasivo coinciden en que se trata de una medida de emergencia y que su eficacia depende por completo de un detalle: la cara del cristal sobre la que se coloca.
El arquitecto francés Vicent Parasie resume la práctica como una solución «económica y superficial», útil para salir del paso durante un pico de calor, pero lejos de ser una estrategia sólida frente al aumento de las temperaturas. Lourdes Treviño, del estudio madrileño Freehand Arquitectura, recurre a una comparación cotidiana: «Es como cuando nos ponemos un sombrero para protegernos del sol: si además ese sombrero está térmicamente preparado, protege todavía más». Esa imagen del sombrero explica por qué el aluminio funciona de forma tan distinta según dónde se pegue.
Colocado en la cara exterior del vidrio, el papel actúa como un pequeño espejo térmico capaz de reflejar entre el 95% y el 98% de la radiación solar antes de que esta llegue a tocar el cristal, de forma parecida a como operan las persianas y los toldos tradicionales. El problema surge cuando se pega por dentro, que es justo la forma en la que más gente lo utiliza por comodidad. En ese caso, la radiación ya ha atravesado el cristal antes de encontrarse con el aluminio, de modo que el calor queda atrapado entre ambas superficies mediante un efecto invernadero que puede acumular más temperatura en la habitación en lugar de reducirla.
A ese efecto se suma un riesgo estructural. La diferencia térmica tan marcada entre el aluminio y el cristal puede provocar tensiones capaces de agrietar o incluso romper ventanas de doble acristalamiento que ya presenten algún desperfecto. Los especialistas en diseño pasivo añaden otro matiz: el aluminio solo actúa sobre la radiación solar directa, pero no resuelve otros mecanismos por los que el calor entra en una vivienda, como la conducción a través de muros poco aislados o la falta de ventilación cruzada durante las horas más frescas del día.
Frente a esta solución improvisada, los arquitectos consultados recomiendan protecciones instaladas siempre por fuera de la ventana: toldos, persianas exteriores, contraventanas o lamas orientables que puedan regularse según la posición del sol. También apuestan por medidas más permanentes, como ventanas con doble acristalamiento y control solar, un mejor aislamiento de fachada y cubierta, y el hábito de ventilar la casa durante la noche o a primera hora de la mañana, cuando el aire exterior todavía está fresco.
El propio papel de aluminio arrastra, además, una limitación práctica que rara vez se menciona: no está diseñado para resistir de forma permanente el viento, la lluvia ni la exposición solar continuada, por lo que incluso como parche de emergencia necesita revisarse y sustituirse con frecuencia. El consenso entre los expertos es claro: sirve para pasar una tarde de calor extremo sin gastar mucho dinero o para aliviar ligeramente el efecto de las altas temperaturas, pero no debería sustituir a una protección solar externa y fija, pensada para durar todo el verano año tras año.
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