Qué arriesga España si la guerra de Rusia se amplía
La distancia reduce el riesgo militar directo para España, pero no los ciberataques, la injerencia, los problemas energéticos y la disrupción del comercio europeo.
Por Iván Serrano
España está lejos del frente oriental y esa geografía importa. Mientras no exista una guerra abierta entre Rusia y la OTAN, el riesgo de un ataque militar directo contra territorio español es menor que en Polonia, Rumanía o el Báltico. Pero la distancia no protege de las formas de presión que se mueven por redes digitales, mercados, rutas marítimas y cadenas de suministro.
El Departamento de Seguridad Nacional incluye entre los riesgos para España las estrategias híbridas, las amenazas cibernéticas, los ataques contra infraestructuras críticas, la inseguridad marítima y la vulnerabilidad energética. También señala que la pertenencia a la Unión Europea y a la OTAN convierte al país en un objetivo atractivo para servicios de inteligencia hostiles, interesados en defensa, infraestructuras, ciencia, tecnología y empresas.
Ese es el primer escalón de una posible escalada. Un adversario puede intentar robar información, bloquear servicios, degradar sistemas de una empresa proveedora, difundir desinformación o crear costes en transporte y administración sin cruzar el umbral de un ataque armado. Para una economía muy digitalizada y conectada al mercado europeo, una interrupción de horas o días puede generar consecuencias mayores que el incidente original.
El segundo escalón sería una confrontación directa entre Rusia y la OTAN. La Alianza afirma que Rusia dispone y utiliza drones, misiles de crucero, balísticos e hipersónicos. En una guerra de ese tipo, las funciones militares, la defensa aérea, el mando y la logística directamente vinculada a operaciones aliadas adquirirían un nivel de riesgo que hoy no tienen. No es responsable convertir esa posibilidad en una lista de lugares concretos: el escenario depende de decisiones políticas y militares que todavía no se han producido.
Para la población, una crisis grave podría notarse primero en restricciones y servicios. Controles más intensos en puertos y aeropuertos, cambios en rutas aéreas y marítimas, medidas extraordinarias de protección, interrupciones digitales y campañas de desinformación afectarían el día a día. El objetivo de algunas operaciones híbridas no sería destruir, sino crear incertidumbre y obligar a gastar recursos en defensa y recuperación.
La economía española tendría tres grandes puntos de exposición. El primero es la energía. España cuenta con una posición relativamente diversificada en gas y electricidad, pero sigue integrada en los mercados europeos y globales. Una nueva crisis de suministro elevaría los precios de combustibles y electricidad, afectando a industria, transporte y hogares. El FMI ha señalado que los altos precios energéticos en Europa reducen competitividad, inversión y consumo.
El segundo es el turismo y la movilidad. Una guerra más amplia en Europa reduce la confianza del viajero, encarece seguros y combustible y puede modificar rutas aéreas. España podría beneficiarse temporalmente de ser percibida como más alejada del frente, pero un conflicto continental prolongado terminaría dañando la renta de sus principales mercados emisores y, por tanto, el gasto turístico.
El tercer canal es el comercio. La industria española depende de componentes, transporte marítimo y cadenas europeas. La Comisión Europea estima que una perturbación energética persistente reduciría crecimiento y comercio, dañaría la confianza y elevaría las primas de riesgo. Eso se traduciría en menos inversión, financiación más cara y mayor presión sobre los presupuestos públicos.
España también tendría que gastar más en defensa, ciberseguridad, protección de redes y preparación civil. El compromiso de la OTAN de alcanzar el cinco por ciento del PIB entre defensa y seguridad relacionada de aquí a 2035 incluye infraestructuras y resiliencia. Si la amenaza aumentara antes, parte de esa inversión tendría que acelerarse.
El riesgo español, por tanto, no se mide solo en kilómetros hasta Rusia. En el escenario más probable, la vulnerabilidad está en la conectividad: energía, datos, comercio, transporte y confianza. Solo en un escenario extremo de guerra directa entre Rusia y la OTAN aparecería de forma creíble la amenaza de ataques convencionales de largo alcance contra funciones militares. La tarea inmediata es evitar que una presión por debajo de ese umbral pueda paralizar servicios o multiplicar innecesariamente el coste económico de la crisis.
