El lince ibérico se consolida en Castilla-La Mancha con 1.051 ejemplares
Castilla-La Mancha repite como la comunidad con más linces ibéricos del país, con 1.051 ejemplares censados, mientras fotógrafos aficionados documentan el regreso de una especie que estuvo al borde de la extinción.
Por Iván Serrano
Castilla-La Mancha vuelve a ser el territorio con mayor presencia de lince ibérico de España. El último censo de la especie, correspondiente a 2025, registra 1.051 ejemplares en la comunidad, de un total de 2.663 individuos contabilizados en todo el país, la cifra más alta desde que existen datos de seguimiento coordinado.
Los Montes de Toledo se consolidan como el principal bastión del felino en la región, seguidos por las zonas de Sierra Morena Oriental y Sierra Morena Occidental, ambas en la provincia de Ciudad Real. La comunidad no solo lidera en número de ejemplares, sino que también presenta las mayores tasas de reproducción y de ratio de cachorros.
Detrás de estas cifras hay una historia de recuperación que comenzó a principios del siglo XXI, cuando la población del lince ibérico se redujo hasta apenas un centenar de individuos, todos ellos localizados en Andalucía. Dos décadas después del inicio de las actuaciones para evitar su extinción, el éxito es evidente y ha permitido que la especie vuelva a ocupar territorios de los que había desaparecido.
Ese contexto de recuperación es el que empuja a aficionados como Raquel Sánchez, profesora de instituto en Tomelloso y fotógrafa de fauna, a recorrer los caminos de los Montes de Toledo en busca de un ejemplar. Su objetivo no es solo la imagen, sino todo el proceso que hay detrás: el estudio del comportamiento animal, la lectura de rastros y, sobre todo, el disfrute respetuoso del entorno.
«Lo importante no es la fotografía, sino todo el proceso que hay detrás», repite Sánchez, que comenzó su particular búsqueda en febrero en la Sierra de Andújar, en Andalucía. Allí, tras una jornada sin avistar ningún lince, una pareja se cruzó en su camino de noche, en época de celo. Aunque no pudo fotografiarla, aquel encuentro le confirmó que la especie estaba cerca y aumentó sus ganas de lograr una imagen.
La primera fotografía de un lince ibérico le costó siete meses de salidas infructuosas y más de 1.000 kilómetros recorridos en coche. La consiguió el pasado mes de agosto en la zona de Sierra Morena Oriental, en Ciudad Real. «Fue una pasada, una mezcla de emociones que no sabría describir», relata. «Lo primero, asombro, porque ver un animal así, y encima el lince, que ha estado casi al borde de extinguirse, por el que han movido cielo y tierra un montón de organizaciones y sectores para que ahora esté en el monte…».
En sus salidas, Sánchez busca dos pistas principales: heces y huellas. Las deposiciones del lince son alargadas, suelen contener pelo de los conejos de los que se alimenta y, al secarse, adquieren un color blanquecino muy característico. Como estos felinos tienden a defecar siempre en las mismas zonas, acumulan muchos restos juntos que forman lo que se conoce como letrina. «Las hacen en sitios muy visibles, como cruces de caminos, que es una forma de marcar», explica. «Cuando hay una letrina, significa que hay mucho lince por ahí, que están muy asentados».
La recuperación del lince ibérico en Castilla-La Mancha no solo es un éxito de conservación, sino también un motor para el turismo de naturaleza y una señal del buen estado de los ecosistemas mediterráneos. La presencia estable de la especie en los Montes de Toledo y en Sierra Morena confirma que las medidas de protección y los programas de cría en cautividad han dado sus frutos.
Para fotógrafos como Raquel Sánchez, cada avistamiento es una oportunidad para reivindicar la utilidad de los caminos públicos y el respeto por el entorno. «Cada vez que veo un animal, sea el lince o cualquier otro, es ver un animal salvaje que no está encerrado», concluye. Una reflexión que, en una tarde sin imágenes, resume el verdadero valor de la búsqueda.
