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Evolut

31 de agosto de 2026

Sociedad 6 min

La generación de los 35 siente que «va tarde en la vida» por culpa de la precariedad, no del esfuerzo individual

El malestar de quienes no pueden emanciparse, comprar un piso o formar una familia se interioriza como fracaso personal. Expertos explican que la culpa individual es una herencia del neoliberalismo y que las condiciones estructurales son las responsables.

La generación de los treinta y tantos vive atrapada en un duelo constante de expectativas frustradas. La imposibilidad de emanciparse, comprar un piso o formar una familia se interioriza como un fracaso individual, aunque las condiciones socioeconómicas actuales hacen casi imposible cumplir con los ritos de paso que marcaban la entrada en la adultez a finales del siglo pasado. La edad media del primer comprador de vivienda ya supera los 40 años, las mujeres tienen en promedio su primer hijo entre los 32 y los 33 años y la precariedad laboral impide trazar planes a medio plazo que impliquen grandes inversiones económicas.

Pese a que los estándares tradicionales han saltado por los aires, la exigencia interna de alcanzarlos permanece intacta. Resulta llamativo que el malestar derivado de no «llegar a tiempo» rara vez se canaliza hacia la protesta social. Por el contrario, suele traducirse en un descenso pronunciado de la autoestima. Este fenómeno responde a una lógica cultural profundamente arraigada en las últimas décadas, según explica el filósofo y ensayista Eudald Espluga, autor de No seas tú mismo y Imaginar el fin.

«El neoliberalismo no es solo un modelo económico centrado en privatizaciones, precarización y reducción de prestaciones sociales, sino que va aparejado a un modelo de subjetividad donde cada sujeto debe gobernarse a sí mismo», señala Espluga. «Este individuo tiene que aplicar la lógica empresarial a toda su existencia, desde la alimentación o el ejercicio físico hasta las relaciones personales, convirtiendo el conocimiento o los amigos en capital explotable». Así, cuando este engranaje de optimización constante choca contra la realidad del mercado laboral o inmobiliario, el colapso se percibe como una falta de capacidad personal.

«En la medida en que se asume que el sujeto es la medida de todas las cosas, cuando esa felicidad o estabilidad no se consiguen, la responsabilidad pertenece solo al individuo», apunta Espluga. «Por eso las soluciones no pasan por afiliarse al Sindicato de Inquilinas o plantear un urbanismo diferente, sino por preguntarse qué puede hacer uno para ser un mejor empresario de sí mismo en lugar de cambiar las condiciones que lo llevan a sentirse un fracasado».

Esta lectura individualista impregna incluso a quienes ejercen un análisis crítico de la coyuntura social. La psiquiatra Marta Carmona, coautora del ensayo Malestamos, subraya la brecha existente entre la teoría y la vivencia personal. «Aunque tengas el mayor análisis macro del mundo, entiendas las condiciones estructurales y sepas perfectamente que no te emancipas porque el coste de la vivienda ha crecido mientras los salarios están estancados, a la hora de analizar tu caso concreto siempre tiendes a pensar que es culpa tuya», explica. «Ocurre incluso en politólogos o sociólogos que se saben la teoría al dedillo: en lo macro entienden cómo opera lo estructural, pero hacia adentro la lectura sigue siendo “soy un fracaso de persona”».

La experiencia de «ir por detrás» genera un desgaste psíquico particular debido al desencuentro entre el desarrollo vital interno y las posibilidades reales de ejecutarlo. «Ocurre una disrupción grave cuando la demora en sentirse adulto se debe únicamente a factores materiales», asegura Carmona. «Hay una disociación muy fuerte entre tu madurez mental, tu proceso sobre cómo entiendes el mundo y tu vivencia del momento vital respecto a tu realidad material». Esta brecha se traduce en situaciones cotidianas que erosionan la percepción de independencia. «Existe una conciencia constante de “yo no debería estar aquí” o “esto no debería ser lo que me pasa”, que genera una frustración inmensa», apunta la experta.

Para quienes rondan la treintena o la cuarentena, las secuelas de este desfase se reflejan en testimonios como el de Brenda, diseñadora freelance de 37 años. «En el último año he sentido que he perdido el propósito en mi vida laboral. Llevo muchos años trabajando en un sector que ya no me llena y que no encaja con mi visión de futuro, pero haber invertido tanto tiempo en esta carrera hace que cambiar de rumbo me dé mucho miedo», explica. «En lo personal, siempre imaginé que a esta edad habría encontrado a un compañero de vida, pero mi última relación no funcionó y la caída de ingresos me produce mucha frustración al sentir que no tengo control sobre aspectos fundamentales de mi vida y que estoy retrocediendo».

Espluga advierte de que pensar que nos estamos quedando atrás implica comprar un discurso sobre modelos de vida y cronologías ligadas a la productividad y a expectativas biológicas conservadoras. La clave, según los expertos, está en reconocer que el problema no es individual sino estructural, y que la solución pasa por cambiar las condiciones que generan ese sentimiento de fracaso y no por optimizar el propio rendimiento personal.

Iván Serrano

Autor

Corresponsal internacional

Iván Serrano cubre para Evolut actualidad, política, economía, sociedad y cultura. Su trabajo se centra en la verificación, el contexto y explicaciones claras para los lectores.

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