Aitana y la revolución de las pantallas: el concierto como experiencia televisiva inmersiva
La gira «Cuarto Azul» de Aitana transforma el directo con una realización audiovisual de autoría que convierte las pantallas en un lenguaje narrativo propio, siguiendo la estela de espectáculos como los de C. Tangana o Dellafuente.
Por Iván Serrano
La gira «Cuarto Azul» de Aitana ha supuesto un cambio de paradigma en la forma de entender los conciertos de gran formato en España. Ya no se trata de proyectar un plano fijo del artista para que el público lo vea más de cerca en un recinto como el Movistar Arena. Ahora, las pantallas se convierten en un lenguaje narrativo propio que dialoga con la música, la coreografía y la interpretación, creando una experiencia inmersiva que acerca el espectáculo a la liturgia del mejor audiovisual televisivo.
El fenómeno tiene una consecuencia visible en las gradas: los asistentes filman con sus móviles la pantalla gigante en lugar de enfocar directamente al escenario. No es un gesto casual. La realización ofrece una señal de imagen en alta definición, con primeros planos cuidados y una narrativa visual que hace imposible obtener una perspectiva equivalente desde la distancia. Ese detalle, detectado en redes sociales durante los meses de tournée, revela que el público percibe el concierto como una experiencia híbrida entre el directo y la retransmisión televisiva de autor.
La clave de esta transformación reside en la realización. Al frente del equipo se encuentra Taida Martínez, una de las realizadoras más reconocidas de la televisión en España, con una trayectoria que abarca desde su etapa como ayudante en «Operación Triunfo» hasta programas como «Late Motiv» o «Futuro Imperfecto». Su trabajo en el espectáculo de Aitana se apoya en la misma aplicación automatizada que utiliza el festival de Eurovisión, el sistema Cuepilot, que permite pinchar en el segundo exacto la imagen que cada operador de cámara tiene preparada. Ya no hay un ayudante con cronómetro cantando los tiempos: la técnica se combina con la mirada artesanal de los oficios de siempre.
El montaje escénico refuerza esa doble dimensión. Por un lado, existe un decorado físico que recrea una casa con escaleras hacia una habitación, el llamado cuarto azul que da nombre a la gira, y que aporta una fantasía aspiracional cercana a un parque de atracciones real. Por otro, tres pantallas se encargan de emitir el concierto en directo: dos verticales a los costados, con un formato que remite al scroll infinito de TikTok e Instagram, y una horizontal superior, al estilo del cine clásico. Las tres permiten adentrarse en el arco narrativo de cada actuación y estimulan simultáneamente la curiosidad del espectador.
La dirección creativa corre a cargo de Marcel Solé Casas, y la coreografía es obra de Adrián Manzano. El resultado es un engranaje en el que la modernidad de la coreografía crece con la imagen y la modernidad de la imagen crece con la coreografía. La expresividad de los secundarios también está subrayada en la realización, igual que ocurría en los grandes números musicales de la televisión de los años setenta y ochenta, cuando Chicho Ibáñez Serrador dirigía la actitud de cada artista a cámara y convertía en memorable hasta la canción más intrascendente gracias al guion visual.
La propia Aitana sabe con precisión hacia dónde actuar en cada momento, y su elenco la acompaña con la misma conciencia escénica. Esa preparación previa, que supone semanas de planificación, permite que la improvisación funcione porque está muy ensayada. El espectáculo incluye incluso un intervalo en el que el ballet es protagonista absoluto, reforzando la sensación de estar asistiendo a una película musical en directo.
La gira de Aitana se suma así a una tendencia que ya habían explorado espectáculos como los de Dellafuente y C. Tangana, pero que aquí alcanza un grado de sofisticación televisiva poco habitual. La consecuencia es que el público, sea o no seguidor de la cantante, sale con la sensación de haber vivido un acontecimiento desde dentro. Las pantallas ya no son una lupa para ver mejor al artista, sino un componente esencial de la obra, capaz de dar personalidad al mainstream y de convertir el concierto en una experiencia colectiva que se disfruta tanto en el escenario como en la pantalla.
