Brasil se convierte en la última trinchera progresista de América Latina ante el avance electoral de la ultraderecha
La victoria de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones brasileñas deja a México, Guatemala y Uruguay como únicos gobiernos no alineados con la derecha en la región. La injerencia de Trump en los procesos electorales latinoamericanos se intensifica y envía una señal de alerta a Europa ante su próximo ciclo electoral.
Por Elena Lozano
La victoria del ultraderechista Flávio Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil ha encendido todas las alarmas en América Latina. Si el hijo del expresidente Jair Bolsonaro, condenado por golpismo, confirma su triunfo en la segunda vuelta del 25 de octubre, prácticamente todo el continente quedará bajo gobiernos de derecha y extrema derecha alineados con Donald Trump. Brasil, la mayor economía de la región, se perfila así como la última trinchera del bloque progresista.
El avance de la ultraderecha en Brasil no es un fenómeno aislado. En los últimos meses, una oleada de victorias conservadoras ha reconfigurado el mapa político latinoamericano. Ecuador, Bolivia, Chile, Honduras, Costa Rica, Perú y Colombia han visto cómo candidatos de derecha o ultraderecha se alzaban con el poder, en muchos casos con el respaldo explícito del presidente estadounidense. La influencia de Trump en estos procesos ha sido documentada y va desde reuniones con los candidatos hasta amenazas de condicionar la ayuda económica al resultado electoral.
El politólogo Daniel Zovatto, exdirector regional para América Latina del Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral, señaló esta semana que «Trump ha dejado de tratar las elecciones extranjeras como asuntos exclusivamente internos de otros países». Su estrategia de seguridad nacional recoge un corolario a la Doctrina Monroe que convierte el «América para los americanos» del siglo XIX en un «América para Estados Unidos».
En Brasil, la injerencia ha sido particularmente agresiva. Trump impuso aranceles para presionar a los jueces y forzar la absolución de Jair Bolsonaro, y tras reunirse con Flávio en mayo declaró organizaciones terroristas a dos grupos criminales brasileños, permitiendo al líder ultra presumir de su influencia. Como respuesta, Brasil rechazó el visado a dos miembros del Departamento de Estado a finales de julio, acusándolos de intentar interferir en los comicios. «Brasil no cabe en el patio trasero de nadie», proclamó el presidente Lula en la Asamblea General de la ONU.
El patrón se repite en toda la región. En Argentina, Trump condicionó un rescate económico millonario a la victoria de Milei en las legislativas. En Honduras, indultó al expresidente Juan Orlando Hernández, condenado por narcotráfico, y sugirió que la ayuda al país dependería del resultado electoral. En Colombia, expresó su «apoyo completo y total» al ultra Abelardo de la Espriella. En Chile, se apropió del triunfo de José Antonio Kast, a quien llegó a decir: «Me encanta cuando le doy apoyo a alguien… ¡y no pierde!». En Perú, Keiko Fujimori también trató de mostrarse próxima al líder estadounidense.
El giro conservador no se explica únicamente por la injerencia de Washington, pero su influencia es evidente. De la derecha a la extrema derecha, todos los líderes buscan ganarse el favor de Trump mientras visten sus discursos de nacionalismo y soberanía. A ello se suman los gobiernos que ya estaban en el poder antes de su llegada, como Milei en Argentina o Bukele en El Salvador, también inspirados por el trumpismo.
Si a principios de 2023 las seis principales economías de la región —México, Colombia, Chile, Argentina, Perú y Brasil— estaban gobernadas por la izquierda o el centroizquierda, el mapa actual es una mancha naranja casi total. Sin Brasil, solo quedarían México, Guatemala y Uruguay como excepciones, sin contar a la izquierda autoritaria de Cuba y Nicaragua ni a Guyana, Surinam y Belice.
La caída de prácticamente todo un continente en manos de la ultraderecha, si Bolsonaro gana la segunda vuelta, es una clara señal de alarma para Europa, que afronta en los próximos meses un importante ciclo electoral. España, Francia, Italia y Polonia celebrarán comicios en los que el ascenso de la extrema derecha jugará un papel fundamental. Trump ya ha dejado claro su interés: «La creciente influencia de los partidos patrióticos europeos es motivo de gran optimismo. Nuestra política general para Europa debería priorizar fomentar la resistencia a la trayectoria actual dentro de las naciones europeas».
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