La guerra de Gaza se enquista a la espera de las urnas en Israel y Palestina
El conflicto en Gaza cumple tres años convertido en una guerra de baja intensidad, con el plan de paz de Trump estancado y la población pendiente de las elecciones israelíes del 27 de octubre y palestinas del 28 de noviembre.
Por Iván Serrano
La guerra de Gaza cumple tres años sin una salida clara. Aunque los bombardeos masivos de la aviación israelí han cesado, los combates y escaramuzas continúan casi a diario y el plan de paz presentado por Donald Trump en 2025 permanece estancado. Hamás no se ha desarmado y el ejército de Israel sigue sin retirarse por completo del enclave palestino, dos condiciones que se han convertido en obstáculos insalvables para avanzar hacia una paz que Trump presentó hace un año en el balneario egipcio de Sharm el Sheij.
«Hay una situación de bloqueo porque Netanyahu exige que Hamás entregue las armas antes de cualquier retirada del ejército israelí, y Hamás exige la retirada completa antes de desarmarse», explica Sonia Sánchez, investigadora del Real Instituto Elcano especializada en Oriente Medio. La Franja de Gaza está partida en dos: Israel controla todo el perímetro exterior de la Línea Amarilla y Hamás, aunque ha sido descabezada y militarmente diezmada, conserva el control del territorio interior.
La primera fase del plan Trump se completó a principios de este año con la entrega a Israel de todos los rehenes que permanecían secuestrados por Hamás, vivos y muertos, a cambio de la excarcelación de miles de presos palestinos. Esa etapa permitió un alto el fuego temporal, la retirada parcial de las tropas israelíes hasta la Línea Amarilla y la entrada de ayuda humanitaria. Sin embargo, la segunda fase, la más espinosa, nunca se ha implementado. El Comité Nacional para la Administración de Gaza (NCAG), el grupo de tecnócratas designado para administrar la Franja, sigue operando desde El Cairo de forma provisional, y la Fuerza Internacional de Estabilización (ISF) prevista aún no ha podido desplegar efectivos sobre el terreno.
«La Junta de Paz que preside el propio Trump y el Comité para la administración de Gaza siguen en pie sobre el papel y existe un plan de reconstrucción de la Franja, con muchos millones presupuestados, pero sin un alto el fuego real, estos organismos pierden su razón de ser porque no tienen ninguna capacidad real de acción», señala Sánchez. Hamás anunció en verano su disolución y la entrega del poder al comité de tecnócratas, pero la profesora subraya que solo fue «una escenificación» de la milicia islamista: «Su estrategia siempre ha consistido en hacer que Israel pague un precio político y en trasladarle la responsabilidad de que el acuerdo de paz no avance, pero esa declaración no ha tenido ninguna repercusión real sobre el terreno, ya que no ha entregado las armas».
La guerra de Gaza se ha convertido en un conflicto de baja intensidad. Ya no hay bombardeos diarios de Israel, pero Hamás plantea una guerra de desgaste contra su adversario, e Israel, como potencia ocupante, realiza incursiones cuando ve una ventana de oportunidad para descabezar alguna célula de Hamás y luego vuelve a retirarse hacia la Línea Amarilla. Sin un alto el fuego real, no se dan las garantías mínimas de seguridad para iniciar ningún proceso de reconstrucción.
Mientras Israel y Hamás se culpan mutuamente de obstaculizar el proceso, la crisis humanitaria se mantiene arraigada en el interior de Gaza. A pesar de que la ayuda humanitaria ha comenzado a fluir, siempre bajo control israelí, la ONU advierte que sigue siendo insuficiente y solo asegura «condiciones básicas de supervivencia». Naciones Unidas denuncia además que las condiciones de agua, saneamiento e higiene «siguen siendo críticas» debido a las graves limitaciones de infraestructura, y la UNRWA subraya que podrían empeorar considerablemente ahora que se acerca el invierno.
A la situación de estancamiento también contribuye la pérdida de interés por parte de Estados Unidos. Después de lograr la foto de la firma de un acuerdo de paz hace un año, Trump parece ahora más pendiente del nuevo frente abierto en la guerra con Irán y de sus elecciones de mitad de mandato, el primer martes de noviembre, unas midterm elections que medirán la opinión de los americanos sobre su gestión y, desde luego, sobre su política exterior.
Con ese escenario de fondo, el conflicto se encuentra en un punto muerto, a la espera también de lo que ocurra en las cercanas elecciones que se celebrarán en Israel el próximo 27 de octubre y en Palestina el 28 de noviembre. Dos citas con las urnas que pueden dibujar un nuevo escenario político de cara al futuro o profundizar en el distanciamiento entre las partes. En Israel poco parece que vaya a cambiar el panorama porque el primer ministro, Benjamin Netanyahu, podría resultar reelegido, y su principal rival, el exjefe del Estado Mayor del Ejército de Israel, Gadi Eisenkot, es también partidario de la línea dura contra Hamás y ha respaldado las operaciones militares en la Franja.
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