Cinco años después del volcán Tajogaite, La Palma sigue reconstruyéndose entre contenedores y lava
La erupción más larga registrada en La Palma sepultó Todoque y 288 hectáreas de plataneras. Cinco años después, más de 60 familias viven en casas prefabricadas y la agricultura recupera lentamente parte del terreno perdido.
Por Elena Lozano
Cinco años después de que la tierra se abriera en la ladera de Cumbre Vieja, en La Palma, los seis cráteres del volcán Tajogaite siguen observando en silencio el mar negro de malpaís que dejó tras de sí la erupción más larga jamás registrada en la isla canaria. Durante 85 días, entre septiembre y diciembre de 2021, la lava sepultó poblaciones, desplazó a miles de personas y arrasó cientos de hectáreas de cultivo, cambiando para siempre la orografía de la isla.
En lo alto del municipio de Los Llanos de Aridane se extienden cuatro hileras de contenedores blancos. Del interior sale el sonido de la televisión o la música; en el exterior, ropa tendida y plantas que algunos residentes han colocado para decorar lo que sigue siendo un hogar provisional. En uno de ellos se lee un cartel: «Todoque». Este barrio rural desapareció bajo la lava, y sus habitantes están ahora dispersos por la isla. Más de 60 familias viven aún en estas casas prefabricadas ante la escalada de precios de la vivienda y el colapso del sector de la construcción.
Entre febrero y diciembre de 2022, el Gobierno autonómico canario, con financiación estatal, instaló en Los Llanos un total de 85 viviendas-contenedor. Cada una estaba formada por dos contenedores unidos, con entre 50 y 60 metros cuadrados, dos o tres dormitorios, cocina y baños equipados, aunque sin elementos básicos como alicatados o frigoríficos, que en muchos casos tuvieron que costear los propios usuarios. La normativa canaria estableció contratos de arrendamiento excepcionales de tres años inicialmente, prorrogables mientras durase la reconstrucción, con bonificaciones muy importantes: la totalidad de la renta durante el primer año y el 90% en los dos siguientes.
La planificación inicial contemplaba que estas viviendas provisionales se mantuvieran hasta que los afectados pudieran acceder a una vivienda definitiva. Con ese fin, el Gobierno canario anunció el pago de ayudas en función del valor de la vivienda perdida. Sin embargo, muchos afectados han visto cómo el dinero recibido ya no les sirve para acceder al tensionado mercado de la vivienda de la isla, por lo que han permanecido en los contenedores hasta hoy.
La carretera se abre camino por el mar de piedra volcánica. Lo que fue un manto verde de plataneras es ahora un desierto negro, pero de tanto en tanto, siempre junto a la carretera, las fincas empiezan a brotar y la agricultura vuelve a abrirse paso en el Valle de Aridane. La lava destruyó 288 hectáreas de plataneras en 2021, que representaban entonces más del 10% de la economía de La Palma de forma directa y el 43% de toda la superficie agrícola de la isla. Quedaron sepultadas bajo el volcán 14.000 toneladas de plátanos, según datos de la Asociación Palmera de Agricultores y Ganaderos (Aspa), una décima parte de la producción actual, cifrada en 140.000 toneladas por el Instituto Canario de Estadística en 2024, que aún no ha alcanzado los volúmenes previos a la erupción.
La recuperación está siendo lenta, pero firme. En abril de este año, la Asociación de Entidades Empaquetadoras, Exportadoras y Comercializadoras de Frutos de La Palma (Asepalma) calculaba que un 37% de las hectáreas devastadas por el volcán estaban ya en marcha en el Valle de Aridane. La Consejería de Agricultura canaria estimó cifras muy similares. «Todo esto lo cubrió la lava, todo, todo. Solo dejó esas montañas que ves ahí», declara César González, un agricultor palmero de 50 años, antiguo vecino del desaparecido pueblo de Todoque, donde perdió su vivienda y, a medida que la lava descendía por la ladera de Cumbre Vieja, también sus cultivos. Ahora habla desde el mismo lugar donde se ubicaban sus plataneras, aunque la orografía es totalmente distinta. Tuvo la suerte de que una de las dos carreteras abiertas para atravesar la colada pasaba justo por donde estaba su terreno.
El paisaje sigue teñido de negro por la ceniza volcánica. De tanto en tanto asoma por encima del suelo la copa de un árbol aún con frutos, el tejado de una casa o incluso una oveja, una de las varias que viven en libertad por la zona tras ser dejadas atrás en 2021 por sus dueños ante el implacable avance de la lava. Una guía turística, Bebe Ruotolo, italiana de 29 años que lleva casi cinco viviendo en las Canarias y once meses trabajando en La Palma, dirige expediciones que mezclan geología con anecdotario hasta llegar a un mirador delimitado por una hilera de piedras. Desde allí se pueden ver perfectamente cuatro de los seis cráteres que el Tajogaite abrió durante la erupción, una vista privilegiada que hasta mediados de 2022 estaba reservada a unos pocos científicos.
