Karl Deisseroth gana el Nobel de Medicina 2026 por la optogenética
El neurocientífico estadounidense Karl Deisseroth ha sido galardonado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026, compartido con los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel, por el desarrollo de la optogenética, una técnica que permite activar o desactivar neuronas concretas con luz. Deisseroth, psiquiatra en Stanford, reivindica el poder de las palabras en la consulta.
Por Inés Benítez
El neurocientífico estadounidense Karl Deisseroth ha recibido el Premio Nobel de Fisiología o Medicina 2026, que comparte con los alemanes Peter Hegemann y Georg Nagel. La Asamblea Nobel del Instituto Karolinska ha reconocido así una técnica que ha transformado la forma de estudiar el cerebro y que hoy se utiliza en miles de laboratorios de todo el mundo.
El galardón premia los descubrimientos sobre los canales iónicos activados por la luz y la optogenética, un método que permite activar o desactivar neuronas concretas en un cerebro vivo. La base la aportaron Hegemann, de la Universidad Humboldt de Berlín, y Nagel, de la Universidad de Wurzburgo, que identificaron la canalrodopsina, una proteína de un alga unicelular que abre un canal en la membrana cuando recibe luz azul. El paso decisivo correspondió a Deisseroth quien, en 2004, junto a varios estudiantes de doctorado, introdujo esas proteínas sensibles a la luz, llamadas opsinas, en neuronas de roedor. El resultado se publicó en 2005 en la revista Nature Neuroscience, en un trabajo firmado por Edward Boyden, Feng Zhang, Ernst Bamberg, Georg Nagel y el propio Deisseroth, que demostraba que un pulso de luz bastaba para activar una neurona en milisegundos. Dos años después, en 2007, el equipo logró que ese interruptor funcionara en el cerebro de ratones vivos. Más tarde desarrolló opsinas que responden a la luz amarilla y frenan la actividad neuronal, además de fibras ópticas ultrafinas capaces de llevar la luz a regiones muy concretas. Con estas herramientas, el laboratorio llegó a revertir síntomas del párkinson en ratones y a modificar su comportamiento social.
Según el comunicado de la Asamblea Nobel, el método ha permitido mostrar cómo las células nerviosas dan forma a los recuerdos, los sentimientos y la conducta. Hoy se emplea para estudiar los circuitos implicados en la depresión, la ansiedad, la esquizofrenia, el alzhéimer o la adicción, y ya hay investigadores que lo prueban para intentar devolver la vista a personas con discapacidad visual.
Más allá de su labor en el laboratorio, Deisseroth ejerce como psiquiatra en el hospital de Stanford, donde atiende a pacientes con depresión resistente al tratamiento y con trastornos del espectro autista. En cada consulta, recuerda, las únicas herramientas disponibles son las palabras, y de su buen uso depende buena parte del diagnóstico. En varias entrevistas ha explicado que la psiquiatría no cuenta con un escáner que muestre la lesión, por lo que considera necesario ir más allá de expresiones vagas como «estoy deprimido» y buscar matices concretos: cuánta esperanza conserva el paciente o hasta qué punto es capaz de imaginar el día siguiente. Una frase como «no veo cómo voy a llegar a mañana» revela una desesperanza que se puede medir. De ahí su afirmación de que «no hay bisturí más preciso que una palabra o una frase bien construida».
Esa sensibilidad hacia el lenguaje viene de lejos. De niño le fascinaba la poesía, entre cuyos autores de referencia cita a Jorge Luis Borges, y la manera en que el ritmo y la combinación de las palabras provocaban emociones que iban más allá de su significado. Su intención inicial era dedicarse a la neurocirugía, pero una rotación obligatoria por psiquiatría durante su formación cambió por completo su rumbo profesional. Aun así, reconoce los límites de esa herramienta: admite que nunca sabe del todo qué ocurre dentro de la mente de otra persona. Esa paradoja, confiar en el lenguaje y a la vez desconfiar de su alcance, es la que le llevó al laboratorio, donde buscó un método para observar y modificar la actividad cerebral con una precisión que la conversación no permite.
Nacido en Boston el 18 de noviembre de 1971, Deisseroth se licenció en Ciencias Bioquímicas por Harvard en 1992 y obtuvo en Stanford el doble título de Medicina y doctorado en Neurociencia en 1998. Allí hizo la residencia en psiquiatría y dirige su laboratorio desde 2004. En la actualidad ocupa la cátedra D.H. Chen de Bioingeniería y es profesor de Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento. Su trabajo no se limita a la optogenética: en 2013 presentó CLARITY, un método que vuelve transparentes los tejidos biológicos para estudiar su estructura molecular sin cortarlos en láminas, y de esa línea surgió también STARmap, una variante que analiza la expresión genética de cada célula en tres dimensiones dentro de un tejido intacto. Ese mismo año formó parte del comité que diseñó la Iniciativa BRAIN, impulsada por la Administración Obama.
En España, su nombre ya pisó con fuerza en 2015, cuando recibió el Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA en Biología y Biomedicina, que compartió con Edward Boyden y Gero Miesenböck, con una dotación de 400.000 euros. Durante su visita a Madrid, al preguntarle qué haría con el premio, respondió con tres palabras.
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