La fe de los rusos se resquebraja ante la escalada de ataques ucranios
El aumento de los ataques ucranios está erosionando la confianza de la población rusa en el curso de la guerra. Testimonios recogidos en Rusia reflejan un creciente pesimismo: «Cada día que pasa todo es peor», mientras el Kremlin busca mantener la moral con gestos simbólicos.
Por Inés Benítez
La confianza de la población rusa en el desarrollo del conflicto con Ucrania atraviesa su momento más crítico desde el inicio de la guerra. La intensificación de los ataques ucranios sobre territorio ruso ha quebrado el optimismo que durante meses sostuvo el relato oficial del Kremlin, y los testimonios que empiezan a filtrarse desde el interior del país describen un panorama de desánimo creciente. «Cada día que pasa todo es peor», resume un ciudadano ruso, en una frase que condensa el estado de ánimo de amplios sectores sociales.
La percepción de que la retaguardia ya no está a salvo ha cambiado la conversación pública en Rusia. Durante buena parte de la contienda, la distancia geográfica entre el frente y las grandes ciudades permitió a la mayoría de la población mantener una rutina apenas alterada por la guerra. Esa barrera psicológica se ha roto. Los bombardeos y las incursiones de drones sobre infraestructuras civiles y militares en regiones fronterizas y, cada vez más, en el interior del país, han llevado el conflicto a la vida cotidiana de millones de personas que hasta ahora lo contemplaban como un acontecimiento lejano.
El desgaste no es solo material, sino también emocional. Las autoridades rusas han tratado de contrarrestar el pesimismo con gestos de continuidad y de arraigo simbólico. En ese contexto se inscribe la reciente visita del presidente Vladímir Putin a la catedral del Arcángel, en el Kremlin, donde se detuvo a contemplar las reliquias del líder de la batalla de Kulikovo, la histórica victoria de las tropas rusas sobre la Horda de Oro en el siglo XIV. La imagen del mandatario ante las reliquias de un héroe militar del pasado busca conectar la lucha actual con una tradición de resistencia que el poder considera necesaria para sostener la moral de la población.
Sin embargo, los símbolos históricos chocan con una realidad cotidiana cada vez más dura. La escalada ucrania ha provocado no solo víctimas y daños, sino también un aumento de la incertidumbre sobre cómo y cuándo terminará la guerra. La promesa implícita de una victoria rápida, que durante los primeros meses del conflicto sirvió de pegamento social, ha dado paso a una sensación de que el final no está a la vista. Esa falta de horizonte es, según los analistas, el caldo de cultivo perfecto para que el descontento empiece a expresarse, primero en conversaciones privadas y después, quizá, en actitudes públicas.
El malestar no se traduce todavía en una oposición organizada ni en protestas masivas, pero los indicios de fatiga son inconfundibles. Las encuestas independientes, cuando logran sortear los filtros oficiales, muestran una caída sostenida de la aprobación a la gestión de la guerra. El relato de la «operación especial» como una defensa necesaria frente a una amenaza existencial sigue siendo el marco dominante en los medios estatales, pero su capacidad de persuasión se debilita a medida que los ataques se multiplican y las explicaciones oficiales resultan menos creíbles para quienes los sufren en carne propia.
La respuesta del Kremlin a este desgaste combina la apelación a la historia con un endurecimiento del discurso. La visita de Putin a la catedral del Arcángel no es un acto aislado, sino parte de una estrategia más amplia para reforzar la legitimidad del poder en un momento de creciente vulnerabilidad. La batalla de Kulikovo, en la que el príncipe Dmitri Donskói unió a los principados rusos contra un enemigo exterior, funciona como una metáfora de la unidad nacional que el liderazgo actual intenta recrear. Pero la distancia entre la épica del siglo XIV y la realidad de los ataques con drones en el siglo XXI es cada vez más difícil de salvar.
Mientras tanto, la vida en las regiones afectadas se reorganiza en torno a la amenaza constante. Los refugios, los apagones y las alertas forman parte ya de la rutina de millones de rusos. La frase «cada día que pasa todo es peor» no describe solo un estado de ánimo, sino una experiencia concreta de deterioro: más ataques, más destrucción, más miedo. La pregunta que flota sobre el país es cuánto tiempo podrá el poder sostener la narrativa de la victoria cuando la realidad cotidiana la contradice con tanta contundencia.
