Los hutíes avanzan hacia Bab el-Mandeb y amenazan el comercio mundial
Las fuerzas hutíes han tomado posiciones clave en el estrecho de Bab el-Mandeb tras la caída de Mokha y Dhubab, mientras el oleoducto saudí Este-Oeste queda inutilizado, creando un doble cuello de botella para el comercio y la energía global.
Por Inés Benítez
Las fuerzas hutíes, respaldadas por Irán, han consolidado en las últimas semanas el control de posiciones estratégicas en torno al estrecho de Bab el-Mandeb, después de que los puertos de Dhubab y Mokha, junto con su aeropuerto, cayeran sin apenas resistencia. La ofensiva, que también ha alcanzado la isla de Perim y el archipiélago de Hanish, otorga al grupo Ansar Allah libertad de movimiento en el Mar Rojo y la capacidad de lanzar ataques desde nuevas posiciones.
La rápida caída de estos enclaves se explica, según los análisis geopolíticos, por la ausencia de combate real: una gran parte del ejército yemení leal al gobierno respaldado por Arabia Saudí solo existía sobre el papel. Se estima que hasta un 80% de los soldados eran «fantasmas», ciudadanos que nunca fueron alistados ni entrenados y cuyos salarios mensuales eran cobrados por oficiales y funcionarios corruptos que inflaban los registros para desviar fondos saudíes. La falta de apoyo aéreo saudí durante la ofensiva y la retirada de las fuerzas emiratíes en enero, que dejaron bases y material militar sin protección, agravaron el colapso.
El control hutí del estrecho de Bab el-Mandeb, de apenas 29 kilómetros en su punto más estrecho, se suma a la inutilización del oleoducto Este-Oeste saudí, conocido como Petroline. Este conducto de 1.200 kilómetros, construido en los años 80, conecta los campos petroleros del este de Arabia Saudí con el terminal de Yanbu, en el Mar Rojo, y tiene una capacidad nominal de 7 millones de barriles diarios. Ataques con drones lanzados desde Irak, sin participación de su gobierno, han dañado ocho puntos clave y se prevé que las reparaciones duren alrededor de cinco semanas.
La combinación de ambos factores configura un escenario de doble cuello de botella bloqueado. Por Bab el-Mandeb transita normalmente el 12% del comercio marítimo mundial, un 30% del tráfico de contenedores y volúmenes significativos de petróleo, productos refinados, gas natural licuado, fertilizantes, aluminio y bienes manufacturados. La ruta alternativa, que rodea el Cabo de Buena Esperanza, añade 19 días de navegación y unos 2 millones de dólares extra en combustible por viaje de ida y vuelta, además de mayores primas de seguro por riesgo de guerra.
Arabia Saudí, cuya economía depende del petróleo en un 54% y que representa el 4% de la producción mundial con 4 millones de barriles diarios, se enfrenta a su nivel más bajo de distribución de crudo en 30 años. La principal vía de escape saudí queda temporal o parcialmente inutilizada, afectando a sus compradores asiáticos —China, India, Japón y Corea del Sur— y aumentando la exposición de sus bancos a esta disrupción. Las refinerías de Ras Tanura, con 550.000 barriles diarios en el lado del Golfo, y Jazan, con 400.000 barriles diarios en el Mar Rojo, han recibido ataques repetidos desde el inicio de la guerra.
Las consecuencias económicas se extienden más allá de la energía. Egipto ha visto reducidos en un 60% sus ingresos por el Canal de Suez, y las cadenas de suministro de fertilizantes, alimentos y componentes sufren una tensión creciente que amenaza con avivar la inflación global en las economías importadoras de energía. Los precios del barril de Brent podrían alcanzar picos de entre 120 y 150 dólares si la disrupción se prolonga, dada la reducción de inventarios y la limitada capacidad de respuesta inmediata de otros productores.
El episodio revela la vulnerabilidad crítica de un sistema comercial globalizado dependiente de unos pocos puntos de estrangulamiento. La asimetría es tanto geopolítica como geoeconómica: los hutíes, con una capacidad militar limitada basada en drones y misiles de bajo coste, están imponiendo costes desproporcionados a Arabia Saudí y a Egipto, mientras el comercio mundial y el suministro energético quedan expuestos a una coerción económica sin precedentes recientes.
